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Introducción
Sustentar la capacidad de recuperación
El perfil de los desastres está cambiando.
El crecimiento de la población urbana, el deterioro del medio ambiente,
la pobreza y las enfermedades, combinados con peligros estacionarios
como sequías e inundaciones, crean situaciones de adversidad crónica.
Los medios tradicionales para capearlos ya no son adecuados pero,
de todos modos, la gente expuesta a riesgos encuentra nuevos medios
por iniciativa propia.
Las organizaciones de ayuda deben estar
a la altura. Necesitamos nuevos enfoques que acrecienten la capacidad
de resistencia de la gente frente a la gama de adversidades de orden
material, social y económico que les aquejan. Por capacidad de resistencia,
entiendo la habilidad de capear las crisis, recuperarse y ser más
fuerte que antes. Si las organizaciones de ayuda no pasan del socorro
a corto plazo al apoyo a largo plazo de las comunidades en peligro,
corremos el riesgo de derrochar nuestro dinero y socavar esa capacidad
que nos proponemos acrecentar.
Las intervenciones verticales pueden ser
menos eficaces de lo que muchos suponen. Tras el devastador terremoto
de Bam, en diciembre pasado, 34 equipos de búsqueda y rescate de
27 países acudieron a la ciudad y salvaron 22 vidas. Mientras que
los equipos locales de la Media Luna Roja rescataron de los escombros
a 157 personas con vida, utilizando unos pocos perros rastreadores.
Invertir en las capacidades de intervención local permite salvar
vidas y ahorrar dinero.
Ahora bien, los desastres "naturales" no
son los más mortíferos. En el África subsahariana, 2.200.000 personas
murieron de sida el año pasado y otros 25 millones viven con la
infección. Enfermedades, sequías, desnutrición, atención de salud
precaria y pobreza han gestado una catástrofe compleja que exige
una intervención integral que no se limite a la distribución de
medicamentos y ayuda alimentaria.
Paralelamente, el crecimiento incontrolado
de las zonas urbanas concentra nuevos riesgos. Cada año, mas de
2.000.000 de personas mueren de enfermedades causadas por el consumo
de agua contaminada y el saneamiento deficiente; muchas de esas
víctimas son niños de barrios marginales. Entonces, ¿por qué los
gobiernos y las organizaciones de ayuda rara vez abordan la cuestión?
Los países desarrollados también tienen
que hacer frente a nuevos peligros. En 2003, el aumento de cinco
grados de las temperaturas estivales desencadenó un desastre vergonzoso
para las ricas y modernas sociedades de toda Europa. Según estimaciones,
35.000 ancianos y otras personas vulnerables sufrieron en silencio
y murieron solos, abandonados en la retirada de sistemas del Estado
bienestar.
Este desastre tomó a Europa por sorpresa.
Las organizaciones humanitarias están más preparadas para desastres
repentinos y devastadores, pero como el carácter de los desastres
está cambiando, nosotros también tenemos que cambiar. En lugar de
imponer definiciones y soluciones a quienes consideramos vulnerables,
deberíamos preguntarles qué entienden por desastre y cómo se adaptan
a los nuevos riesgos que les acechan.
Las respuestas pueden ser sorprendentes
e inspiradoras. En Swazilandia, el VIH/SIDA y la sequía se confabulan
para perpetuar el hambre de mucha gente, pero el Jefe Masilela nos
informa que, en lugar de ayuda alimentaria, su comunidad quiere
semillas y sistemas de riego para poder cultivar, forjar su propia
recuperación y conservar la dignidad. El gobierno, por su parte,
está ampliando el acceso a medicamentos que prolongan la vida y
ha contratado a 10.000 mujeres para que sirvan de madres de sustitución
a millares de niños huérfanos del sida.
Allende el Océano Índico, en Mumbay, supimos
de una mujer que alquiló su cómodo apartamento y se mudó a una barraca
detrás de un puente, donde existe el riesgo de inundaciones e incendios;
pero así, puede costear la educación de su hija. Decidió que, a
largo plazo, la capacidad de resistencia de su familia dependía
más de esa educación que de vivir en un lugar más seguro. En el
sur, las mujeres de baja casta de Andhra Pradesh redescubrieron
cultivos tradicionales más resistentes que ayudaron a los agricultores
a recuperarse de las deudas y la desesperación que les invadió cuando
la sequía acabó con sus cultivos comerciales, recomendados por expertos
de distantes capitales.
La capacidad de resistencia frente a la
diversidad trasunta en todas las experiencias que recoge la presente
edición. La gente no cesa de adaptarse a las crisis ni de encontrar
soluciones creativas para superarlas, privilegiando los medios de
subsistencia y los bienes de los hogares respecto a las soluciones
puntuales. Sustentar la capacidad de resistencia implica mucho más
que prestar socorro o mitigar las consecuencias de cada peligro.
Los conocimientos, las competencias, la determinación, los medios
de subsistencia, la cooperación, el acceso a los recursos y la representación
de la comunidad local son factores vitales para que la gente se
recupere de los desastres. Todo ello requiere cambiar el paradigma
de nuestro enfoque de la ayuda. Debemos concentrarnos en las prioridades
y las capacidades de aquellos a quienes nos proponemos ayudar. Cartografiar
los factores de vulnerabilidad y satisfacer necesidades ya no es
suficiente. La idea no es nueva, está plasmada desde hace 10 años
en el Código de Conducta relativo al socorro en casos de desastre
para el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna
Roja y las organizaciones no gubernamentales (ONG). Entonces, ¿por
qué las organizaciones humanitarias no consiguen evaluar, o por
lo menos aprovechar, las capacidades de las personas expuestas a
riesgos?
Tenemos que hacer tres cosas. En primer
lugar, entender aquello que permite a la gente adaptarse para capear
los riesgos y recuperarse. En segundo lugar, planificar nuestras
intervenciones a partir de los propios conocimientos, prioridades
y recursos de la comunidad. En tercer lugar, ampliar las intervenciones
comunitarias, creando coaliciones con los gobiernos y abogando por
cambios de políticas y prácticas a todo nivel.
Si nos focalizamos tan solo en las necesidades
y los factores de vulnerabilidad, seguiremos atrapados en una lógica
de intervenciones repetitivas que no nutren esa capacidad de resistencia
tan arraigada en cada comunidad. Llevamos décadas hablando de capacitar
y sustentar la capacidad de resistencia; ha llegado la hora de pasar
de la retórica a la práctica, acabar con los mitos de la víctima
desvalida y la infalibilidad del quehacer humanitario, y centrar
nuestra labor en los damnificados por los desastres y sus habilidades.
Markku Niskala
Secretario General
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