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Informe Mundial sobre Desastres 2005 - Capítulo 3

Plaga de langostas en África occidental: Alerta temprana, intervención tardía

A mediados de 2005, graves carestías afectaban a más de 9 millones de personas en toda la región del Sahel, África occidental, debido a la merma de las cosechas tras años de sequía y la plaga de langostas de 2004. La gente hurgaba en los hormigueros en busca de granos. Las tasas de desnutrición y mortalidad infantiles se dispararon. ¿Pero a quién le importó? Las alertas fueron desoídas y las respuestas a los llamamientos de ayuda alimentaria tardaron en llegar. La crisis del Sahel podía haberse evitado, entonces, ¿por qué no fue así?

© REUTERS/Pierre Holtz, cortesía de www.alertnet.orgDesde finales de la década de 1960, África occidental sufre de una sequía aguda y persistente. Ahora bien, las lluvias de 2003-2004 crearon un caldo de cultivo ideal para la langosta del desierto. En julio de 2003, las larvas de las montañas de África septentrional invadieron el Sahel y se convirtieron en enjambres.

En junio de 2003, se difundió la noticia de la gran cantidad de larvas en la región. En octubre, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) emitió su primera alerta de una plaga eminente y advirtió a los donantes que era preciso redoblar los esfuerzos de control. En febrero de 2004, la FAO hizo un llamamiento por valor de 9.000.000 de dólares, pero no recaudó ni un centésimo, pues los donantes se habían focalizado en la crisis de Darfur, Sudán. Mientras tanto, las langostas se multiplicaron. En julio, la FAO advirtió que la situación era muy crítica e hizo un llamamiento de emergencia para costear ayuda adicional por valor de 100 millones de dólares.

Un mes después, el Sahel fue presa de la peor invasión de langostas desde finales de la década de 1980. Funcionarios de Malí y Mauritania, los países más castigados, informaron que los pesticidas y equipos de fumigación que tenían distaban de ser suficientes.

En Malí, el único helicóptero asignado al control de la plaga recién inició la fumigación a fines de agosto. La prensa internacional empezó a difundir imágenes dramáticas de campesinos desesperados que golpeaban cacerolas o daban palazos para tratar de ahuyentar a las larvas que devoraban sus cultivos.

A fines de agosto, en una reunión sobre la crisis regional, Senegal anunció que mandaría al ejército a hacer la «guerra» a las langostas. Seis semanas después, Jan Egeland, Subsecretario General de Asuntos Humanitarios de la Naciones Unidas, declaraba que la plaga suponía una amenaza mayor para los medios de subsistencia que cualquier guerra del continente africano. El sustento de 150 millones de personas era devorado ante los ojos de un mundo indiferente.

Poco a poco, los donantes empezaron a asignar los fondos que se habían solicitado mucho antes. Si bien la fumigación ayudó a controlar las larvas, para cantidad de campesinos era demasiado tarde; sobre todo; para aquellos de las zonas aisladas que habían perdido la mayor parte de su cosecha antes de que comenzara.

En total, las larvas devastaron 1.600.000 hectáreas de tierras de cultivo en Mauritania, acabando con la mitad de la cosecha de cereales. En Níger, las langostas se comieron 15 por ciento de los cereales del país y 40 por ciento del forraje indispensable para el ganado. A fines de 2004, se logró controlar la plaga, gracias a las medidas de control tomadas por los gobiernos de Argelia y Marruecos, y al crudo invierno en la cordillera del Atlas.

Pero eso no puso fin al desastre porque la devastadora invasión había tenido lugar en el «período de carencia», previo a la cosecha anual. En la primavera boreal de 2005, los agricultores de subsistencia tuvieron que comerse las semillas de maíz que iban a plantar. Vendieron sus animales para comprar comida, pero el precio de los alimentos básicos duplicó y el valor del ganado se desplomó.

En abril de 2005, se multiplicaron los informes sobre la desnutrición aguda y la inseguridad alimentaria que aquejaban la región. La hambruna acechaba a un tercio de la población de Níger y Mauritania, es decir, 4.800.000 personas. En Malí y Mauritania, uno de cada tres niños menores de cinco años sufría de desnutrición. En Níger, 350.000 niños menores de cinco años sufrían de desnutrición aguda. La mortalidad infantil había llegado a cifras sin precedente y se propagaban las infecciones agudas de las vías respiratorias. En Burkina Faso había 3.000.000 de afectados. La gente recolectaba hojas de árboles para preparar su comida diaria.

Las familias de pastores se desplazaban en masa a las zonas urbanas en busca de alimentos y trabajo. Estallaron tensiones entre los agricultores y los criadores de ganado que acababan de llegar en busca de pasturas frescas. En un ataque de represalia fue incendiado todo un pueblo de 500 casas.

¿Cómo se pudo llegar a esos extremos? La experiencia de 2004 reveló la precariedad de los sistemas nacionales de alerta temprana y los equipos de control de la langosta. Aunque funcionarios de Europa y de la región utilizaron imágenes de satélites y mapas digitales para seguir el desplazamiento de las larvas, poco pudieron hacer para detenerlas. La falta de aviones fumigadores, pesticidas y conocimientos de los equipos nacionales de control fue calamitosa. Los mecanismos regionales para prevenir la propagación de las larvas también dejaron mucho que desear. El control y la lucha contra la plaga de langostas exigen una considerable cooperación regional porque el insecto no conoce fronteras.

En un informe de USAID se dice que el tiempo que tardó la comunidad internacional en responder a la emergencia fue uno de los motivos principales de los altos costos de contención. Los donantes reconocen que hubiera bastado 1.000.000 de dólares para contener el peligro en julio de 2003 y que a raíz de la respuesta tardía, en definitiva, se necesitará 100 veces más.

¿Quién tiene la culpa de que no se haya respondido más rápido? Algunos donantes estimaron que la FAO reaccionó demasiado tarde frente a la crisis. Se quejaron de que en las alertas de la organización no se insistiera lo suficiente. Ahora bien, el fallo de la FAO fue no percatarse que la mayoría de los donantes y los gobiernos de la región había olvidado lo terrible que puede ser una plaga de langostas.

La FAO replicó que la mayoría de los donantes recién reaccionó cuando la plaga ocupó los titulares de la prensa, y que sin las imágenes difundidas por la televisión del mundo desarrollado, los donantes hubieran reaccionado más lentamente aún y con menos generosidad. En el futuro, la FAO entiende desplegar esfuerzos de comunicación más agresivos, en cuanto aparezcan las primeras larvas.

Un experto regional afirmó que el error de los organismos de ayuda fue no recabar la información necesaria sobre la situación nutricional y alimentaria. Sin esos datos básicos, todo el flujo de información fue superficial, fragmentario y anecdótico; de ahí que los donantes no tuvieran clara la magnitud del desastre y los periodistas se desinteresaran por no entender el problema.

La experiencia enseña que los organismos de ayuda tienen que trabajar duro para lograr que donantes y medios de comunicación se interesen por desastres latentes y crónicos, y actúen en consecuencia. Hacer llamamientos y emitir comunicados de prensa no basta, también se necesitan estrategias multimediáticas para informar a la opinión pública sobre el peligro y los riesgos probables.

La plaga de langostas de 2004 tuvo consecuencias devastadoras. Millones de personas se vieron expuestas a la desnutrición, en el mejor de los casos, y a la inanición, en el peor. Todo esto se podría haber evitado si se hubieran escuchado las campanas de la alerta temprana. Una vez más, a mediados de 2005, las organizaciones de ayuda llamaron a que se hicieran esfuerzos de socorro para limitar la crisis alimentaria provocada por la sequía y las larvas de langosta. Y, una vez más, muchos trabajadores de la ayuda humanitaria tuvieron la consabida impresión que se hacía oídos sordos a sus llamados.

Recomendaciones

Financiación y gestión apropiadas de la alerta temprana: Los fondos remanentes de los llamamientos por la plaga de langostas se están utilizando para reforzar los mecanismos nacionales y regionales de alerta temprana e intervención. Pero los donantes y los gobiernos de los países expuestos a dicha plaga deben garantizar que se asignen fondos para mantener la calidad y las capacidades de esas instituciones a largo plazo. Esto último, requiere el compromiso político de una gestión y un desembolso transparentes de los fondos.

Mejores datos sobre el impacto: La recolección de datos fue incompleta, lo que impidió hacerse una idea precisa de la magnitud del problema, tanto a escala nacional como regional. Los organismos de ayuda deberían intercambiar datos para establecer un cuadro más grande del alcance del problema y compartir esa información con los donantes y los medios de comunicación internacionales.

Campañas de información más vigorosas: La mejor manera de lograr que la comunidad de donantes pase a la acción es hacer llegar los llamamientos de asistencia al hogar de los votantes de los países desarrollados, a través de los medios de comunicación mundiales. Las organizaciones de ayuda deberían adoptar estrategias de ofensiva multimediática para sensibilizar a la mayor cantidad de gente posible sobre las crisis humanitarias latentes y ejercer mayor presión en los gobiernos para que intervengan.

Mecanismo regional para sensibilizar más: Habría que desplegar mayores esfuerzos a escala local para sensibilizar a donantes, gobiernos y población local sobre el peligro que suponen la plaga de langostas y la hambruna, y la mejor manera de prevenir futuros desastres o, en su defecto, intervenir cuando sobrevengan. La plaga de 2004, nos enseñó que la mayoría de la gente había olvidado la devastación que pueden causar las langostas.

Capítulo y texto del recuadro escritos por Jean Milligan, articulista independiente, especializada en temas humanitarios y de desarrollo.


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