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Informe Mundial sobre Desastres 2005
- Capítulo 4
Agujero negro de información
en Aceh
El tsunami que devastó Aceh, el 26
de diciembre de 2004, dejó un saldo de 164.000 muertos o
desaparecidos y más de 400.000 personas sin techo. Rápidamente,
pasó a ser el desastre sobre el que más se informó
y el mejor financiado de toda la historia. Más de 200 organizaciones
humanitarias y más de 3.000 efectivos de las fuerzas armadas
de una docena de países llegaron allí para ofrecer
ayuda.
En
este capítulo se tratan los flujos de información
durante el primer mes después del desastre. ¿Funcionaron
los sistemas de intercambio de información? ¿Cuáles
fueron las lagunas? ¿De qué manera, la falta de coordinación
de la información afectó a los damnificados?
A pesar de enormes dificultades, la gente
del lugar fue la primera en prestarse ayuda mutua. Los voluntarios
de la Cruz Roja, apoyados por el ejército, recuperaron cadáveres
y distribuyeron agua y alimentos. Las organizaciones de ayuda que
conocían bien el terreno – incluidas las ONG nacionales
y la Cruz Roja Indonesia – se beneficiaron de ese conocimiento,
pero aún así, los datos esenciales eran incompletos
y la información gubernamental se consideraba obsoleta.
Los países vecinos respondieron rápidamente.
El idioma y la cultura no supusieron impedimento alguno para sus
equipos que con gran diligencia captaron las necesidades inmediatas.
No obstante, muchos organismos internacionales hicieron venir personal
de Europa o Estados Unidos, cuando podían haber explotado
la pericia regional.
En un principio, las organizaciones de ayuda
basaron las distribuciones de suministros de socorro en hipótesis
sustentadas por experiencias anteriores, pues al tener que concentrarse
en resolver problemas de logística, les faltó tiempo
para hacer evaluaciones detalladas o celebrar consultas con los
damnificados. En ese momento, se desconocía la situación
en la costa occidental que había sido la más castigada.
«Actuábamos a tientas », comentó un socorrista.
Las organizaciones internacionales acertaron
cuando supusieron que en primer lugar, los damnificados necesitarían
agua, alimentos y refugio, pero se equivocaron cuando dieron por
descontado que los propios indonesios no suplirían esas necesidades,
por lo menos, en parte. Los organismos hicieron muy poco para acabar
con la idea errónea que los damnificados por desastres son
víctimas que dependen de la ayuda externa para sobrevivir.
Dado que carreteras, puentes y puertos habían
sido destruidos, lo más indicado era transportar la ayuda
por vía aérea. A solicitud de Indonesia, pocos días
después, llegaron aeronaves de la fuerza aérea de
otros países. Habida cuenta de la enorme cantidad de sitios
donde había que ir y de los pocos helicópteros disponibles,
los pilotos no podían aterrizar y quedarse mucho tiempo en
cada lugar; entonces, hacían evaluaciones rápidas,
daban instrucciones a los damnificados y volvían al día
siguiente para distribuir ayuda y trasladar a los heridos.
La colaboración entre las tropas
indonesias y las tropas extranjeras fue excelente, pero no así
entre militares y civiles. Al principio, no había ningún
experto en coordinación cívicomilitar que lograra
convencer a los militares de compartir la información o de
llevar socorristas en sus vuelos para que les ayudaran a evaluar
las necesidades. No obstante, la mayoría reconoce que sin
los militares, la situación hubiera sido peor.
Cuando los relatos de la tragedia ocuparon
los titulares, afluyeron muchos organismos más, previendo
lo peor. Pero los trabajadores de la ayuda humanitaria que llegaron
el 4 de enero a Meulaboh, bautizada la «zona cero» de
la costa occidental, se sorprendieron al ver que las autoridades
y el ejército indonesios atendían bien a los damnificados.
Entonces, se desató la lucha por los beneficiarios. Algunos
organismos se guardaron celosamente su información para garantizarse
un «contingente». En cuestión de semanas, el
«espacio humanitario» resultó demasiado pequeño
para todos esos actores.
La coordinación se volvió
difícil. De los 200 organismos presentes a fines de enero,
sólo 46 presentaron informes a los coordinadores de las Naciones
Unidas (ONU). Las evaluaciones conjuntas de las necesidades fueron
contadas. Por no saber quién hacía qué y dónde,
algunas comunidades recibieron ayuda en exceso y otras fueron desatendidas.
Un factor clave fue la causa de esos problemas
de coordinación: demasiado dinero. Prácticamente,
cualquiera podía alquilar una embarcación o un helicóptero
hacer sus propias evaluaciones y distribuciones, y «plantar
bandera». Se invirtió la situación habitual
de las ONG que hacen cola para ser asociadas en la realización
de programas de la ONU.
Un mes después del desastre, el esfuerzo
de ayuda marchaba a todo vapor, pero a pesar de esa intervención
masiva, se dejó de lado a algunos de los más necesitados.
La mayoría de los organismos se congregó en la devastada
costa occidental de Aceh y los 150.000 damnificados que se habían
desplazado a la costa oriental recibieron mucho menos ayuda. Además,
aunque más de 200.000 personas sin techo encontraron cobijo
en casas de familia, muy pocas de esas familias recibieron ayuda
durante el primer mes.
La gran «visibilidad» del sector
de la salud atrajo a casi todos los organismos: en una zona de la
costa occidental había 22 ONG de salud. En Banda Aceh, se
instalaron 10 hospitales de campaña y ninguno funcionó
a plena capacidad. Sobraban cirujanos. En Meulaboh, un observador
de la ONU vio competir a 20 de ellos por un solo paciente. Sin embargo,
no había un número suficiente de parteras y enfermeras.
Las mujeres daban a luz sin asistencia médica, «riesgo
inaceptable», según la ONU.
Para hacer su evaluación de necesidades
y sus distribuciones de ayuda, la mayoría de los organismos
internacionales se dirigió a los jefes de las comunidades.
Pero unas cuantas organizaciones, preocupadas por la índole
excesivamente patriarcal de las estructuras locales, enviaron colaboradoras
a evaluar las necesidades propias de las mujeres. Sin que los hombres
les oyeran, las mujeres de Aceh pidieron ropa interior, pañuelos
para la cabeza, compresas higiénicas y anticonceptivos; también
se quejaron del acoso sexual.
En pocas palabras, en Aceh había
múltiples obstáculos para recabar información.
La extensión geográfica del desastre causó
enormes dificultades de orden logístico. A lo largo de cientos
de kilómetros de costa, los pueblos fueron devastados y quedaron
aislados del resto del mundo. Los colaboradores del quehacer humanitario
se prodigaron al máximo para tratar de socorrer a tiempo
a los damnificados. Las evaluaciones minuciosas se sacrificaron
en aras de la prestación de ayuda. La rivalidad entre organizaciones
que competían para gastar presupuestos sin precedente, tampoco
facilitó el intercambio de información.
A pesar de todo ese caos, la enorme intervención
internacional dio resultado, pues la mayoría de los damnificados
recibió ayuda y se previnieron hambrunas y enfermedades.
Ahora bien, la duplicación de esfuerzos y recursos, y la
competencia para proyectar una buena imagen merecen reflexión.
Dado que los donantes fueron tan generosos, ¿es válido
que determinados organismos hayan enarbolado su propia bandera en
lugar de trabajar con los demás? A continuación se
hacen algunas recomendaciones a tener en cuenta desde el principio
de cualquier intervención.
Asignar más personal
a las evaluaciones, para que los socorristas puedan concentrarse
en su labor. Incluir personal local en los equipos de evaluación.
Nombrar un coordinador de información en el terreno,
para que las decisiones tomadas durante las turbulentas y agotadoras
operaciones de socorro estén bien fundadas. Formar personal
en presentación de informes e intercambio de información.
Promover evaluaciones conjuntas, para ponerse
de acuerdo sobre qué organizaciones se encargarán
de coordinar las evaluaciones interinstitucionales y suministrar
datos esenciales a todos los organismos.
Destacar suficiente personal de enlace cívicomilitar,
para poder negociar las necesidades de información mutua.
Trabajar con las ONG locales, en lugar de apropiarse
su personal, para evitar que se cometan errores de apreciación
sobre cuestiones locales y se debiliten las estructuras del lugar.
Trabajar por conducto de grupos alternativos,
para no perpetuar las desigualdades de poder que pueden comprometer
la distribución equitativa de la ayuda.
Dar prioridad a las necesidades de las mujeres,
sobre todo en las sociedades patriarcales y dondequiera que exista
el riesgo de violencia sexual.
Tres de tantos mitos
Los damnificados son «víctimas»
que dependen de la ayuda externa. Tras 30 años
de insurrección armada, los habitantes de Aceh han
desarrollado considerables capacidades de supervivencia. Pero
en lugar de hablar de esa resiliencia, incluido el temple
de las familias extendidas y de la comunidad islámica,
casi todos los medios de comunicación pintaron un cuadro
catastrófico de pérdidas y desesperación.
Predominaron las imágenes de tiendas de campaña
cuando, en realidad, la mayoría de los damnificados
fue acogida en casas de familia. En los 67 reportajes de la
BBC sobre Aceh, la resiliencia se mencionó, a lo sumo,
tres veces. Sólo la prensa indonesia destacó
la entereza y la solidaridad del pueblo de Aceh. Únicamente
la prensa indonesia destacó el valor y la solidaridad
del pueblo de Aceh.
Miles de huérfanos
abandonados. El 15 de febrero, citando cifras del
gobierno indonesio y UNICEF, Reuters informó que unos
10.000 niños de Aceh buscaban padres, después
del tsunami. En realidad, había más bien padres
«huérfanos», pues en el desastre murieron
más niños que adultos. A finales de febrero,
se había identificado tan solo 60 casos de «menores
no acompañados », es decir, que no contaban con
el apoyo de ningún adulto que hubieran conocido antes
del desastre. Los otros huérfanos, entre 6.000 y 10.000,
serán criados por sus familias extendidas, vecinos
o amigos.
Los cadáveres causan
epidemias. Visto que los cadáveres se contaban
por decenas de miles, tanto los medios de comunicación
como las autoridades argumentaron que serían enterrados
de inmediato para evitar brotes de enfermedades. Ahora bien,
la Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva años
insistiendo en que los cadáveres no son infecciosos.
En la mayoría de los casos, los gérmenes sobreviven
muy poco tiempo a la muerte del organismo que los aloja. Los
entierros en masa que se hicieron en Aceh fueron calificados
por la OMS de violación de los derechos humanos de
los familiares supérstites.  |
Capítulo y texto del recuadro escritos
por Iolanda Jaquemet, periodista independiente, residente en Yakarta,
Indonesia. |
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