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Informe Mundial sobre Desastres 2005 - Capítulo 5 

Compartir información para la recuperación de Asia meridional

«No quiero ver ni una cacerola más; tengo más de las que me harán falta por el resto de mi vida. ¡Quiero saber donde vivirá mi familia dentro de un mes!», Parvita, una viuda del Estado de Tamil Nadu, India, resumía así lo que querían muchos damnificados, tres meses después del tsunami: hechos claros y contundentes sobre su futuro.

A pesar de la imponente intervención humanitaria, grupos de la sociedad civil de Sri Lanka proclamaron con preocupación que las necesidades de las mujeres se pasaban por alto. © Yoshi Shimizu/Federación Internacional, Sri Lanka, febrero de 2005.  En la India, el tsunami se cobró 16.000 vidas y afectó millones más. Pasaron dos semanas antes que las ONG comenzaran a evaluar tan siquiera las necesidades básicas a lo largo de los 1.000 kilómetros de costa siniestrada. Debido a la gran afluencia de suministros, dinero y ONG, los organismos comenzaron a competir para dividirse el espacio y ocultaron información en lugar de compartirla.

El gobierno, apoyado por la Cruz Roja India, puso en marcha una intervención decisiva que fue muy apreciada. Aún así, la consiguiente información no llegó a los pueblos ni a grupos marginados como los dalits.

La cobertura sin precedente de los medios de comunicación dio lugar a intervenciones precipitadas. De ahí que muchos organismos perdieran de vista los riesgos a más largo plazo que conlleva una rehabilitación inapropiada. La donación de demasiadas embarcaciones, por ejemplo, puede fomentar la pesca excesiva que es perjudicial. Las ONG con más experiencia hicieron evaluaciones en consulta con la gente del lugar y solicitaron su opinión sobre el impacto de los programas.

En Tamil Nadu, algunos grupos fuertes de la sociedad civil crearon redes locales para compartir información, plantear las necesidades y abogar por cuestiones prioritarias ante el gobierno. La más eficaz fue la célula de coordinación de Nagapattinam que empezó a funcionar tres meses después del tsunami y a la cual se incorporaron 400 ONG. Los voluntarios de dicha célula visitaron 100 pueblos para detectar las carencias de la intervención y conocer las prioridades de los damnificados. Luego, la información recabada se transmitió a las autoridades y las ONG para mejorar las intervenciones.

Los organismos de ayuda se concentraron en los pescadores de la costa y dejaron de lado a otros damnificados: las mujeres que secan y venden el pescado, los dalits que lo empaquetan y transportan, los cesteros, los reparadores de redes de pesca, los carpinteros de ribera y las comunidades de pescadores de otras zonas. «La gente que vino de fuera no vio más allá de las embarcaciones y las redes destrozadas por lo que perdió de vista a otros grupos. Toda la economía de la región fue destruida, no sólo la pesca», afirmaba un militante local.

La información recolectada fue distorsionada porque los hombres solían subestimar la contribución económica de la mujer en la pesca. Omitir las necesidades de las mujeres tuvo graves consecuencias, principalmente, para las viudas que corrían el riesgo de endeudarse.

El sistema de castas fue otro obstáculo para obtener información y ayuda. Los dalits se quejaron de que los pescadores detuvieran la ayuda que les estaba destinada. Los colaboradores del quehacer humanitario con más experiencia se dirigieron directamente a los grupos marginados para recabar información y en ningún caso a intermediarios.

La magnitud del impacto del tsunami complicó sobremanera la comunicación. Los organismos internacionales fueron más lentos que los grupos locales en compartir información. Las siguientes recomendaciones se basan en la experiencia de Tamil Nadu.

Compartir las evaluaciones de necesidades para promover el intercambio de información sobre las intervenciones.

Reforzar los vínculos de información con redes locales mediante estructuras simples de baja tecnología.

Planificar evaluaciones que engloben a toda la comunidad, no sólo a una selección de hogares.

Celebrar consultas con los damnificados, principalmente, después de la fase de emergencia.

Apoyar la comunicación democrática, para que las prioridades de las personas más vulnerables encabecen el programa de recuperación.

A 1.500 kilómetros de la India territorial se encuentran las islas de Andamán y Nicobar que estaban en plena trayectoria del tsunami. A principios de febrero, un representante parlamentario de esas islas declaraba: «Creo que aquí murieron 20.000 personas.» Según las cifras oficiales hubo 1.927 muertos y 5.555 desaparecidos.

La geografía también complicó el cómputo. El archipiélago tiene una superficie de 800 kilómetros y las olas arrastraron mucha gente al mar. El censo de 2001 registra 356.152 isleños, pero observadores locales indican que son casi 450.000. Mandos del ejército reconocieron que la cifra oficial de muertos no incluía residentes ilegales.

Tres meses después, el número oficial de muertos fue revisado y pasó a 5.000. Mientras no se da con el paradero de las víctimas desaparecidas, su familia no puede reclamar la indemnización oficial que asciende a 2.300 dólares por persona.

Por otra parte, las organizaciones de ayuda tropezaron con grandes dificultades para acceder a las islas y hacer evaluaciones independientes. Las fuerzas armadas intervinieron, pero en un principio, mantuvieron al margen a las ONG. A mediados de enero, 71 de ellas seguían esperando la autorización de acceder a las islas siniestradas. Las restricciones se levantaron parcialmente en marzo.

En Sri Lanka, el tsunami segó más de 35.000 vidas y medio millón de personas perdieron su hogar. Murieron más mujeres que hombres, porque aprender a nadar es tabú para ellas. A muchas madres les resultaron fatales, los pocos minutos que tardaron en reunir a sus hijos. Además, el atuendo tradicional les impedía correr. Muchas mujeres jóvenes y solteras murieron por no atreverse a salir de su casa sin ser acompañadas por un pariente.

Las asociaciones de mujeres señalaron que en las operaciones de socorro no se tuvieron en cuenta consideraciones de género. Contadas organizaciones respondieron a las necesidades de las mujeres en términos de higiene, ropa interior y prendas de vestir apropiadas. La asistencia a embarazadas y madres que amamantaban fue insuficiente. El hecho de tener que compartir el espacio de los refugios con hombres desconocidos, inquietó mucho a las mujeres.

El interés de la prensa por las mujeres se focalizó en experiencias de víctimas. Se informó de violaciones y vejaciones en operaciones de rescate y refugios temporales, lo que dio pie a una cantidad de reportajes sensacionalistas. De ahí que el gobierno decidiera mandar policías y soldados a vigilar los campamentos.

Las militantes utilizaron los medios de comunicación para sensibilizar sobre la igualdad entre hombres y mujeres. En programas de la joven televisión asiática, las damnificadas volvían a contar sus experiencias y proponían soluciones para ayudar a reconstruir vidas.

Las asociaciones de mujeres también preconizaron el derecho de las damnificadas a participar en la toma de decisiones, lo que tal vez contribuyó a que en el mes de abril, el gobierno aprobara una propuesta para garantizar la igualdad entre hombres y mujeres, así como la representación de ellas en todos los mecanismos de socorro y rehabilitación.

Por otra parte, el tsunami causó graves trastornos psicológicos. La mayoría de los damnificados por desastres de grandes proporciones suelen tener una reacción psicológica adversa. Entre el cinco y el 10 por ciento puede presentar trastornos que requieren ayuda profesional. Dado que había muy pocos psiquiatras del lugar, ¿qué podían hacer las organizaciones de ayuda para facilitar la recuperación psicológica de los supervivientes?

La Cruz Roja Danesa se basó en la experiencia adquirida en el conflicto armado de Sri Lanka septentrional para ayudar a los damnificados por el tsunami. Después del desastre cundían el pesar y el sentimiento de culpa porque a la gente le era difícil acusar al mar del drama que estaba viviendo.

Algunos organismos se percataron de que desmentir falsedades contribuía a la salud mental. La Cruz Roja Belga explicó las causas científicas del tsunami, lo que ayudó a acabar con la superstición de que había sido un castigo divino. Una ONG nacional ayudó a los niños a sobreponerse, publicando avisos en el periódico, en los que se recalcaba que los tsunamis no eran frecuentes y que la playa seguía siendo un lindo lugar para jugar. Otros organismos ayudaron a la gente para que contara su experiencia en la radio, la televisión o los diarios.

En toda Asia meridional, Joseph Prewitt Diaz de la Cruz Roja Estadounidense y su equipo formaron a 10.000 técnicos en intervención en casos de crisis. Después del tsunami, alentaron a los damnificados a retomar sus actividades: comer juntos, seguir adelante con su vida diaria o volver a trabajar. Según él, si la gente participa activamente en su propio bienestar pasa de víctima a triunfadora.

Información fluída después del caos en las Maldivas

En las Maldivas perecieron 100 personas en el tsunami que afectó a dos tercios de los 300.000 habitantes y causó graves estragos en 80 islas del extendido atolón. En un país cuya superficie abarca 868 kilómetros de océano, las consecuencias del desastre fueron dantescas. Aún así, la operación de socorro en las primeras semanas cruciales se desarrolló sin mayores tropiezos.

Un elemento clave fue el Servicio Nacional de Seguridad, organismo estatal que interviene en casos de emergencia. En un principio, Malé, la capital, era el único conducto de intercambio de información y distribución de ayuda, lo que obligaba a los actores extranjeros a pasar por los canales estatales.

En las primeras horas de la emergencia, la información fue escasa. La red de telefonía móvil, de la que dependen en gran medida las islas, no funcionaba y se recibían muy pocos datos sobre daños y víctimas. En cuestión de horas, el gobierno decidió enviar suministros de socorro antes de evaluar las necesidades. Una semana después, se restablecieron las telecomunicaciones en todas las islas y se tuvo un cuadro más claro de la situación.

En comparación con la afluencia de más de 100 ONG internacionales a Sri Lanka, en Maldivas, después del desastre, sólo había siete de las organizaciones internacionales más importantes. Según Qasim Zahid, de la Federación Internacional, el hecho de que no hubieran una multitud de extranjeros participando en la intervención contribuyó a mejorar el intercambio de información y la coordinación. El flujo de información proporcionada por el gobierno a los organismos internacionales fue rápido y, lo que es más importante, exacto. «El gobierno compartió con nosotros toda la información que tenía», puntualiza Zahid. Las autoridades locales también desempeñaron un papel importante, ya que los jefes de las islas hicieron sus propias evaluaciones antes que llegaran las organizaciones extranjeras.

Capítulo escrito por: Anna Jefferys, periodista independiente que trabaja para Save the Children UK en cuestiones relativas a comunicaciones humanitarias, políticas y defensa de causas; Vijay Simha, periodista experimentado del semanario Tehelka, de Nueva Delhi, India, que este año estuvo tres veces en las islas Andamán para informar sobre el tsunami; Kumudini Samuel y Sepali Kottegoda, defensoras de los derechos de la mujer y codirectoras de Women and Media Collective, ONG de Sri Lanka, y Lena Eskeland, delegada de información sobre las actividades de la Federación Internacional en Asia meridional, relacionadas con el tsunami. El texto del recuadro es de John Tulloch, encargado regional de presentación de informes de la Delegación de Asia Meridional de la Federación Internacional.


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