Informe Mundial sobre Desastres 2005 - Capítulo
5
Compartir información
para la recuperación de Asia meridional
«No quiero ver ni una cacerola más;
tengo más de las que me harán falta por el resto de
mi vida. ¡Quiero saber donde vivirá mi familia dentro
de un mes!», Parvita, una viuda del Estado de Tamil Nadu, India,
resumía así lo que querían muchos damnificados,
tres meses después del tsunami: hechos claros y contundentes
sobre su futuro. En
la India, el tsunami se cobró 16.000 vidas y afectó
millones más. Pasaron dos semanas antes que las ONG comenzaran
a evaluar tan siquiera las necesidades básicas a lo largo
de los 1.000 kilómetros de costa siniestrada. Debido a la
gran afluencia de suministros, dinero y ONG, los organismos comenzaron
a competir para dividirse el espacio y ocultaron información
en lugar de compartirla.
El gobierno, apoyado por la Cruz Roja India,
puso en marcha una intervención decisiva que fue muy apreciada.
Aún así, la consiguiente información no llegó
a los pueblos ni a grupos marginados como los dalits.
La cobertura sin precedente de los medios
de comunicación dio lugar a intervenciones precipitadas.
De ahí que muchos organismos perdieran de vista los riesgos
a más largo plazo que conlleva una rehabilitación
inapropiada. La donación de demasiadas embarcaciones, por
ejemplo, puede fomentar la pesca excesiva que es perjudicial. Las
ONG con más experiencia hicieron evaluaciones en consulta
con la gente del lugar y solicitaron su opinión sobre el
impacto de los programas.
En Tamil Nadu, algunos grupos fuertes de
la sociedad civil crearon redes locales para compartir información,
plantear las necesidades y abogar por cuestiones prioritarias ante
el gobierno. La más eficaz fue la célula de coordinación
de Nagapattinam que empezó a funcionar tres meses después
del tsunami y a la cual se incorporaron 400 ONG. Los voluntarios
de dicha célula visitaron 100 pueblos para detectar las carencias
de la intervención y conocer las prioridades de los damnificados.
Luego, la información recabada se transmitió a las
autoridades y las ONG para mejorar las intervenciones.
Los organismos de ayuda se concentraron
en los pescadores de la costa y dejaron de lado a otros damnificados:
las mujeres que secan y venden el pescado, los dalits que lo empaquetan
y transportan, los cesteros, los reparadores de redes de pesca,
los carpinteros de ribera y las comunidades de pescadores de otras
zonas. «La gente que vino de fuera no vio más allá
de las embarcaciones y las redes destrozadas por lo que perdió
de vista a otros grupos. Toda la economía de la región
fue destruida, no sólo la pesca», afirmaba un militante
local.
La información recolectada fue distorsionada
porque los hombres solían subestimar la contribución
económica de la mujer en la pesca. Omitir las necesidades
de las mujeres tuvo graves consecuencias, principalmente, para las
viudas que corrían el riesgo de endeudarse.
El sistema de castas fue otro obstáculo
para obtener información y ayuda. Los dalits se quejaron
de que los pescadores detuvieran la ayuda que les estaba destinada.
Los colaboradores del quehacer humanitario con más experiencia
se dirigieron directamente a los grupos marginados para recabar
información y en ningún caso a intermediarios.
La magnitud del impacto del tsunami complicó
sobremanera la comunicación. Los organismos internacionales
fueron más lentos que los grupos locales en compartir información.
Las siguientes recomendaciones se basan en la experiencia de Tamil
Nadu.
Compartir las evaluaciones de necesidades para
promover el intercambio de información sobre las intervenciones.
Reforzar los vínculos de información con
redes locales mediante estructuras simples de baja tecnología.
Planificar evaluaciones que engloben a toda la comunidad,
no sólo a una selección de hogares.
Celebrar consultas con los damnificados, principalmente,
después de la fase de emergencia.
Apoyar la comunicación democrática,
para que las prioridades de las personas más vulnerables
encabecen el programa de recuperación.
A 1.500 kilómetros de la India territorial
se encuentran las islas de Andamán y Nicobar que estaban
en plena trayectoria del tsunami. A principios de febrero, un representante
parlamentario de esas islas declaraba: «Creo que aquí
murieron 20.000 personas.» Según las cifras oficiales
hubo 1.927 muertos y 5.555 desaparecidos.
La geografía también complicó
el cómputo. El archipiélago tiene una superficie de
800 kilómetros y las olas arrastraron mucha gente al mar.
El censo de 2001 registra 356.152 isleños, pero observadores
locales indican que son casi 450.000. Mandos del ejército
reconocieron que la cifra oficial de muertos no incluía residentes
ilegales.
Tres meses después, el número
oficial de muertos fue revisado y pasó a 5.000. Mientras
no se da con el paradero de las víctimas desaparecidas, su
familia no puede reclamar la indemnización oficial que asciende
a 2.300 dólares por persona.
Por otra parte, las organizaciones de ayuda
tropezaron con grandes dificultades para acceder a las islas y hacer
evaluaciones independientes. Las fuerzas armadas intervinieron,
pero en un principio, mantuvieron al margen a las ONG. A mediados
de enero, 71 de ellas seguían esperando la autorización
de acceder a las islas siniestradas. Las restricciones se levantaron
parcialmente en marzo.
En Sri Lanka, el tsunami segó más
de 35.000 vidas y medio millón de personas perdieron su hogar.
Murieron más mujeres que hombres, porque aprender a nadar
es tabú para ellas. A muchas madres les resultaron fatales,
los pocos minutos que tardaron en reunir a sus hijos. Además,
el atuendo tradicional les impedía correr. Muchas mujeres
jóvenes y solteras murieron por no atreverse a salir de su
casa sin ser acompañadas por un pariente.
Las asociaciones de mujeres señalaron
que en las operaciones de socorro no se tuvieron en cuenta consideraciones
de género. Contadas organizaciones respondieron a las necesidades
de las mujeres en términos de higiene, ropa interior y prendas
de vestir apropiadas. La asistencia a embarazadas y madres que amamantaban
fue insuficiente. El hecho de tener que compartir el espacio de
los refugios con hombres desconocidos, inquietó mucho a las
mujeres.
El interés de la prensa por las mujeres
se focalizó en experiencias de víctimas. Se informó
de violaciones y vejaciones en operaciones de rescate y refugios
temporales, lo que dio pie a una cantidad de reportajes sensacionalistas.
De ahí que el gobierno decidiera mandar policías y
soldados a vigilar los campamentos.
Las militantes utilizaron los medios de
comunicación para sensibilizar sobre la igualdad entre hombres
y mujeres. En programas de la joven televisión asiática,
las damnificadas volvían a contar sus experiencias y proponían
soluciones para ayudar a reconstruir vidas.
Las asociaciones de mujeres también
preconizaron el derecho de las damnificadas a participar en la toma
de decisiones, lo que tal vez contribuyó a que en el mes
de abril, el gobierno aprobara una propuesta para garantizar la
igualdad entre hombres y mujeres, así como la representación
de ellas en todos los mecanismos de socorro y rehabilitación.
Por otra parte, el tsunami causó
graves trastornos psicológicos. La mayoría de los
damnificados por desastres de grandes proporciones suelen tener
una reacción psicológica adversa. Entre el cinco y
el 10 por ciento puede presentar trastornos que requieren ayuda
profesional. Dado que había muy pocos psiquiatras del lugar,
¿qué podían hacer las organizaciones de ayuda
para facilitar la recuperación psicológica de los
supervivientes?
La Cruz Roja Danesa se basó en la
experiencia adquirida en el conflicto armado de Sri Lanka septentrional
para ayudar a los damnificados por el tsunami. Después del
desastre cundían el pesar y el sentimiento de culpa porque
a la gente le era difícil acusar al mar del drama que estaba
viviendo.
Algunos organismos se percataron de que
desmentir falsedades contribuía a la salud mental. La Cruz
Roja Belga explicó las causas científicas del tsunami,
lo que ayudó a acabar con la superstición de que había
sido un castigo divino. Una ONG nacional ayudó a los niños
a sobreponerse, publicando avisos en el periódico, en los
que se recalcaba que los tsunamis no eran frecuentes y que la playa
seguía siendo un lindo lugar para jugar. Otros organismos
ayudaron a la gente para que contara su experiencia en la radio,
la televisión o los diarios.
En toda Asia meridional, Joseph Prewitt
Diaz de la Cruz Roja Estadounidense y su equipo formaron a 10.000
técnicos en intervención en casos de crisis. Después
del tsunami, alentaron a los damnificados a retomar sus actividades:
comer juntos, seguir adelante con su vida diaria o volver a trabajar.
Según él, si la gente participa activamente en su
propio bienestar pasa de víctima a triunfadora.
Información fluída
después del caos en las Maldivas
En las Maldivas perecieron 100 personas
en el tsunami que afectó a dos tercios de los 300.000
habitantes y causó graves estragos en 80 islas del
extendido atolón. En un país cuya superficie
abarca 868 kilómetros de océano, las consecuencias
del desastre fueron dantescas. Aún así, la operación
de socorro en las primeras semanas cruciales se desarrolló
sin mayores tropiezos.
Un elemento clave fue el Servicio
Nacional de Seguridad, organismo estatal que interviene en
casos de emergencia. En un principio, Malé, la capital,
era el único conducto de intercambio de información
y distribución de ayuda, lo que obligaba a los actores
extranjeros a pasar por los canales estatales.
En las primeras horas de la emergencia,
la información fue escasa. La red de telefonía
móvil, de la que dependen en gran medida las islas,
no funcionaba y se recibían muy pocos datos sobre daños
y víctimas. En cuestión de horas, el gobierno
decidió enviar suministros de socorro antes de evaluar
las necesidades. Una semana después, se restablecieron
las telecomunicaciones en todas las islas y se tuvo un cuadro
más claro de la situación.
En comparación con la afluencia
de más de 100 ONG internacionales a Sri Lanka, en Maldivas,
después del desastre, sólo había siete
de las organizaciones internacionales más importantes.
Según Qasim Zahid, de la Federación Internacional,
el hecho de que no hubieran una multitud de extranjeros participando
en la intervención contribuyó a mejorar el intercambio
de información y la coordinación. El flujo de
información proporcionada por el gobierno a los organismos
internacionales fue rápido y, lo que es más
importante, exacto. «El gobierno compartió con
nosotros toda la información que tenía»,
puntualiza Zahid. Las autoridades locales también desempeñaron
un papel importante, ya que los jefes de las islas hicieron
sus propias evaluaciones antes que llegaran las organizaciones
extranjeras.  |
Capítulo escrito por: Anna Jefferys,
periodista independiente que trabaja para Save the Children UK en
cuestiones relativas a comunicaciones humanitarias, políticas
y defensa de causas; Vijay Simha, periodista experimentado del semanario
Tehelka, de Nueva Delhi, India, que este año estuvo tres
veces en las islas Andamán para informar sobre el tsunami;
Kumudini Samuel y Sepali Kottegoda, defensoras de los derechos de
la mujer y codirectoras de Women and Media Collective, ONG de Sri
Lanka, y Lena Eskeland, delegada de información sobre las
actividades de la Federación Internacional en Asia meridional,
relacionadas con el tsunami. El texto del recuadro es de John Tulloch,
encargado regional de presentación de informes de la Delegación
de Asia Meridional de la Federación Internacional. |