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Salvar vidas
cuando se produce un desastre
Pobreza y guerra. Inundaciones y sequía.
Terremotos y catástrofes ecológicas...
En el pasado decenio, casi 2.000 millones de personas se han visto
afectadas por desastres*.
Los
efectos de los desastres son graves; las personas quedan traumatizadas
por el fallecimiento de sus familiares y amigos, y sus vidas quedan
devastadas por la pérdida de sus hogares, posesiones y alimentos.
Los desastres resultan cada vez más
complejos y sus consecuencias se están sintiendo a más
largo plazo, pues asolan a países con problemas económicos
o situaciones de inestabilidad política, y debilitan servicios
públicos que ya son frágiles, tales como los servicios
de salud, agua y saneamiento. Las crisis recurrentes, como las inundaciones
y las sequías que se producen año tras año,
no dan tiempo de recuperarse ni a las personas ni a los cultivos.
Los
desastres afectan de manera desproporcionada a los pobres: más
del 90% de todas las muertes relacionadas con desastres se producen
en los países en desarrollo, donde las pérdidas económicas
que causan son mucho más graves que en los países
industrializados y pueden arrasar con años de desarrollo
económico.
El suministro de socorro de emergencia a
los refugiados y a las víctimas de la pobreza y los desastres
ha sido una actividad clave de la Federación Internacional
y de sus Sociedades Nacionales miembros por más de 80 años.
La fase de emergencia de una operación
de socorro tiene por objeto suministrar asistencia para el salvamento
de vidas; las necesidades inmediatas corresponden a las categorías
de refugio, agua, alimentos y atención básica de salud,
junto con una sensación de humanidad y un signo palpable
de que alguien se preocupa por la situación. Las necesidades
subsiguientes abarcan la reconstrucción y la rehabilitación.
Estas necesidades pueden persistir por varios años, particularmente
en el caso de los refugiados y de las víctimas de colapsos
socioeconómicos.
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