La intervención frente al VIH y el sida no logra seguirle el paso a un desastre que evoluciona

Publicado: 26 junio 2008 0:00 CET



El Informe Mundial sobre Desastres de este año es el primero quese centra en una enfermedad y por un buen motivo. La epidemia del VIH y el sida evoluciona no sólo como un factor agravante en situaciones de desastre sino también como un desastre en sí.

De los 201 millones de damnificados por desastres naturales en 2007, un 40 por ciento más que el año anterior, quienes viven con el VIH figuran entre los más castigados.

La interrupción de suministros médicos y la consiguiente interrupción de tratamientos, evidentemente, suponen una amenaza para la vida. La desnutrición acelera la progresión del VIH. La falta de agua potable para la preparación de alimentos y la higiene personal es particularmente peligrosa para aquellos con VIH avanzado. Tras un desastre, los programas de prevención del VIH suelen verse interrumpidos y los grupos con mayor riesgo de contraer la infección son olvidados.

Ahora bien, lo más alarmante es la epidemia en sí. Las Naciones Unidas estiman que tan solo el año pasado murieron de sida 2 millones de personas, con lo cual, el total de muertos asciende a más de 25 millones desde que se registraran los primeros casos en 1981.

Indudablemente, para los países del África subsahariana que han visto sus sociedades destrozadas por el virus y para numerosos grupos marginados del mundo entero a los que se deja solos frente a la muerte, la enfermedad y la indigencia, el VIH es un desastre.

Aun así, es un desastre frente al cual el mundo se sigue debatiendo por intervenir. Las Naciones Unidas estiman que el año pasado, otros 2,5 millones de personas contrajeron el VIH, es decir, casi 7.000 por día. De los 7 millones de personas que se estima necesitan tratamiento antirretroviral, que puede retardar la aparición del sida, unos 5 millones aún no tienen acceso a esos medicamentos. 

La cuestión de fondo es que nuestra intervención frente al VIH no logra seguirle el paso a la complejidad de un desastre que evoluciona.

En África meridional, donde actualmente uno de cada 10 adultos vive con el VIH, el efecto a largo plazo en la asistencia infantil, la educación y la salud puede ser devastador. En Sudáfrica, uno de cada cinco maestros jóvenes vive con el VIH y en Botswana, desde 1999 hasta ahora, casi la misma proporción de la fuerza de trabajo del sector de la salud murió de sida.  En toda el África subsahariana hay unos 12 millones de niños huérfanos a causa del sida. El Fondo Monetario Internacional alertó que países enteros corren el riesgo de caer en una espiral descendiente de economías de subsistencia en tres o cuatro generaciones.

No obstante, las consecuencias a largo plazo de esta situación distan de reconocerse y la asistencia oficial para el desarrollo destinada a la capacitación y el desarrollo del personal de salud cayó en 36 por ciento para quedarse en tan solo 0,6 por ciento del total del gasto en desarrollo.

Por lo que atañe a las causas, se fracasó en abordar los efectos a largo plazo del estigma y la discriminación, particularmente, en aquellas partes del mundo donde la prevalencia del VIH está más bien concentrada que generalizada. De ahí que a pesar de lo que sabemos acerca de los grupos de alto riesgo, sólo uno de cada 10 consumidores de drogas por vía intravenosa y hombres que mantienen relaciones sexuales con hombres, y menos de uno de cada cinco trabajadores del sexo tengan acceso a servicios de prevención del VIH.

El estigma no se limita únicamente a los grupos de alto riesgo, ya que al impedir que la gente se someta al examen de detección del VIH también acrecienta el riesgo de transmisión. Además, el estigma trae aparejado el rechazo de los niños huérfanos a causa del sida y la expulsión de las mujeres de su hogar incluso cuando fueron los maridos quienes las contagiaron en primer lugar. Los resultados de la inacción pueden constatarse en regiones donde las tasas de prevalencia del VIH siempre habían sido bajas. Ahora, en muchos países de Asia central y sudoriental, así como de Europa oriental, dichas tasas van en aumento.

La intervención frente al VIH y el sida también se ha visto complicada debido a la gran cantidad de gente que se desplaza por el mundo hoy en día. La Organización Internacional para las Migraciones estima que en 2008 habrá unos 200 millones de migrantes.

Esta movilidad dentro de los países y de un país a otro, ya sea a causa de conflictos armados, desigualdades económicas o desastres naturales, expone a muchas personas a un riesgo mayor, pero no siempre a quienes se pensaba. Por ejemplo, dado que mucha gente se desplaza de zonas donde las tasas de prevalencia del VIH son bajas a zonas donde son altas, la idea de que los migrantes propagan el VIH ha resultado ser un mito.

En la edición de este año del Informe Mundial sobre Desastres se deja bien claro que la intervención frente al VIH tendrá que ser a más largo plazo y definir mejor los grupos meta mediante una prestación más inclusiva y mejor coordinada. Un enfoque a más largo plazo implica reconocer las consecuencias de una enfermedad con un período de latencia de 15 años o más entre la infección y la muerte. 

En regiones con altas tasas de prevalencia del VIH, como África meridional, el impacto a largo plazo en la educación, la salud, la asistencia infantil y el desarrollo económico implica pasar de intervenciones “puntuales” a corto plazo al tratamiento sostenido, la capacitación y el fortalecimiento de la resiliencia de las comunidades locales.

En el mundo entero también hace falta un enfoque a largo plazo que permita abordar las raíces de la vulnerabilidad, entre ellas, el estigma y la discriminación de grupos marginados, las desigualdades por consideraciones de género y la pobreza extrema.

Una mejor definición de los grupos meta implica garantizar que quienes viven con el sida y aquellos más expuestos a riesgo sean el centro de toda intervención, ya se trate de mujeres, migrantes, trabajadores del sexo, hombres que mantienen relaciones sexuales con hombres o consumidores de drogas por vía intravenosa. 

También implica reconocer que la epidemia varía de un país a otro y de un desastre a otro. Las intervenciones idénticas para todos que no tienen en cuenta si la epidemia está generalizada o concentrada ni la correspondiente etapa del desastre están condenadas al fracaso. Sobre todo, existe la clara necesidad de que se siga investigando y se insista más en que los programas se basen en pruebas y se orienten por resultados.

En términos de prestación, un enfoque más inclusivo y coordinado conlleva una mayor participación y capacitación de las comunidades locales, una ayuda que no esté condicionada ni se destine a fines determinados, una mayor integración de la lucha contra el VIH en todos los aspectos de la labor humanitaria y una simplificación de los procedimientos burocráticos para obtener y prestar la ayuda que haga falta.

Los retos son enormes y si no estamos a su altura las probabilidades de neutralizar la propagación de uno de los virus más mortíferos de la historia serán ínfimas.


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