El poder de humanidad en medio de la devastación de Aceh

Publicado: 10 marzo 2005 0:00 CET

Christer Zettergren* and Maude Froberg in Aceh

¿Cuándo empezó su viaje? Cuando me subí al avión que me llevaría de Estocolmo a Yakarta y me esperaban 21 horas de vuelo.

En realidad, el viaje había empezado el 26 de diciembre cuando recibí la primera llamada de emergencia en la que me decían que en Tailandia habían desaparecido miles de suecos y empezaba a vislumbrarse la magnitud de la catástrofe.

La pasmosa cantidad de muertos no cesaba de aumentar y la operación de socorro funcionaba a toda máquina, secundada por una explosión de solidaridad sin precedentes.

En un par de semanas, la Cruz Roja Sueca recaudó 85 millones de francos suizos, el equivalente de dos años de su presupuesto. No se trataba únicamente de una cuestión de dinero también había que saber administrar esa enorme confianza.

Antes de venir a Banda Aceh, participé en una reunión de dos días en Yakarta que congregó a más de 70 representantes del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja con el objetivo de establecer un plan de acción para la recuperación y la reconstrucción de las zonas siniestradas por el tsunami, plan que ultimó la Cruz Roja Indonesia (PMI) para luego someterlo a consideración del gobierno.

Sé que para algunos, estas grandes reuniones son meramente burocráticas, pero para mí es todo lo contrario. En Aceh había más de 250 organizaciones trabajando por lo que la coordinación era crucial. Una intervención es apropiada cuando se socorre a quien hay que socorrer.

Mientras sobrevolamos la zona asolada de la provincia de Aceh, vi una devastación que escapa al entendimiento; no quedaba una sola casa en pie, como si alguien en un arrebato de furia se hubiera servido de una escoba gigante para barrer todo.

Es una imagen que muchos reconocerán por las fotos que los medios de comunicación mostraron una y otra vez. Pero cuando me tocó caminar por ese mar de escombros de lo que había sido un pueblo o una ciudad, fue cuando me percaté cabalmente del horror del desastre.

Mientras recorría lo que antes debe haber sido una calle, me puse a buscar algo que no estuviera roto, pero no encontré nada. Devastación total.

Ahora bien, es importante que no nos focalicemos únicamente en la muerte y la destrucción, también hay que pensar en reconstruir vidas. No debemos abandonar a los supervivientes.

Por ejemplo, Ratnawati consiguió una habitación en uno de los numerosos refugios temporales para personas desplazadas. Antes del desastre, vivía con su marido y sus dos hijos en un pueblecito costero que queda bastante lejos de aquí.

Cuando las olas gigantescas arrasaron la costa, logró escapar con sus hijos, pero su marido se ahogó. Aterrados y desesperados, Ratnawati y sus hijos caminaron ocho horas para llegar a Banda Aceh y ponerse a salvo. Me dijo que nunca olvidaría esa caminata.

Ahora, la pequeña familia comienza lentamente a reconstruir su vida. Uno de los hijos vuelve a la escuela por primera vez después de varias semanas, Ratnawati hace planes de futuro, un futuro que no vivirá en su pueblecito sino en Banda Aceh, porque no quiere volver a allí.

Le deseo buena suerte y sigo camino al Estadio Nacional en las afueras de Banda Aceh. Al frente de esa arquitectura escarpada, se ve de lejos un alto mástil con el emblema del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Supongo que hace unos meses, pocos hubieran imaginado que aquí habría un hospital de campaña.

Louis Riddez, cirujano sueco que trabaja para el CICR se acerca a saludarme. La última vez que nos vimos fue hace un mes, en un importante acto de recaudación de fondos para las víctimas del tsunami que regresaron a Suecia. “Tal vez, volvamos a vernos en Banda Aceh”, nos dijimos ese día.

Me muestra el camino en medio de la enorme cantidad de las tiendas de campaña blancas que forman este hospital que presta servicios de cirugía, ginecología, maternidad y pediatría.

“Debo reconocer que cuando llegué hace tres semanas, no estaba muy seguro de ser de alguna utilidad para los damnificados”, recuerda y añade: “pero sí, verdaderamente, lo soy. Hacemos unas 10 operaciones por día que, dicho sea de paso, es más de lo que suelo hacer en Suecia. Hasta operaciones de cáncer nos ha tocado hacer.”

Nos detenemos frente a una cama donde hay un niño pequeño con su padre. Ayer, al niño le extirparon un tumor de la frente y se está reponiendo bien, me dice Louis.

Luego, me explica en qué consiste la gran diferencia de ejercer la medicina en un hospital de campaña de Banda Aceh: “Cuando llega el momento de decirle al paciente que puede irse a su casa, aquí hay muchos que no tienen ni siquiera donde ir. Por eso, dentro del estadio hemos instalado un campamento que puede acoger hasta 400 pacientes dados de alta.”

En un descampado cercano al puente Pante Pirak que atraviesa el río de Banda Aceh, se ven otras tiendas de campaña blancas frente a dos grandes tanques de acero. Este es uno de los tres lugares donde la Unidad de Intervención de Urgencia (UIU), especializada en agua y saneamiento, produce miles de litros de agua por día.

“¡La mejor agua de la ciudad!”, exclama con un tono no exento de orgullo Jeanette Nordin-Groth, delegada de agua y saneamiento, y me extiende una lata para que la pruebe. “Ahora es incluso de mejor calidad que la que distribuíamos antes.”

Codo con codo, voluntarios y delegados de las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja de Indonesia, Austria, Macedonia y Suecia, así como de la Media Luna Roja Malaya, hacen distribuciones a lo largo del día.

“El trabajo de equipo ha sido excelente. Parece mentira, lo poco que tardamos en ser un verdadero equipo”, afirma Jeanette Nordin-Groth.

Reconforta encontrar aquí a todos estos delegados que cumplen su labor con tanto empeño. Más aún, su satisfacción también es un indicador de la calidad de los esfuerzos de socorro y reconstrucción desplegados por el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja.

Una parte de lo que escapaba al entendimiento, es ahora más fácil de captar frente al denuedo de voluntarios y delegados. Ese es el verdadero poder de humanidad.


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