Los isleños cuentan sus bendiciones y buscan respuestas

Publicado: 10 abril 2007 0:00 CET

Rosemarie North of the International Federation in Western Province, Solomon Islands

Epakera Neubery estaba jugando al fútbol con unos amigos la mañana en que sobrevino el terremoto. Estaban en un campo alto cerca del océano y cuando la pelota rodó hasta el borde del campo, Epakera, de 12 años, corrió tras ella.

En ese momento, el violento sismo sacudió Ranongga, su isla natal, y muchas otras partes de las Islas Salomón. La tierra roja se desplomó desde lo alto de las Colinas arrastrando árboles y arbustos a su paso.

El terremoto sacudió Mondo, el pueblo de Epakera, arrancando parcelas del campo de fútbol que se precipitaron en el océano más de 20 metros más abajo. El adolescente desapareció de la vista.

Enterrado vivo, Epakera gritó durante un rato; luego, pensando que había muerto, perdió el conocimiento.

Mientras tanto, Lovelyn Neubery, su madre, había reunido a sus otros tres hijos y había corrido por el pueblo escarpado hasta un campo llano en la cumbre de la colina.
Cuando parecía que el peligro había pasado, empezó a buscar a Epakera.

"Como estaba enterrado, no tenía ninguna esperanza”, recuerda. Después de tres horas de búsqueda, un vecino vio despuntar cinco dedos de un pie de un montón de barro al pie de un risco.

Los vecinos cavaron para rescatar al muchacho. Milagrosamente, sólo presentaba algunos arañazos y magulladuras leves tras esa experiencia tan penosa.

"Estoy muy agradecida”, dice su madre aliviada, “pero ahora, debido al desastre quiero mudarme a un sitio más seguro”.

Signos inquietantes

Por todas las Islas Salomón la gente ve cosas raras.

Cuando los viajeros van llegando al pueblo de Lengana en la isla de Simbo tienen la impresión que los niños caminan sobre las aguas. Está claro que no se pisan tierra pero tampoco se hunden en el mar.

No se trata de un truco de magia. El terremoto del 2 de abril no sólo provocó un tsunami sino también deslizamientos de tierra cerca de este pueblo. Ahora, el espigón de cemento queda a unos 50 centímetros por debajo del agua cuando sube la marea y cuando los chicos lo recorren, parece que caminaran sobre una superficie líquida.

En Lengana también está el volcán cuyos vientos sulfurosos esputaron un vapor pestilente durante el terremoto.

En el pueblo de Buri de la vecina isla de Ranongga, Henrick Joseph, padre de tres hijos, cuenta que la mañana del 2 de abril empezó en forma inhabitual.

"Normalmente, los niños salen temprano a nadar pero aquel día no los hicieron. Todo parecía extraño. Eso fue una bendición”, explica.

Los jóvenes que estaban pescando en una piragua decidieron volver cuando notaron algo inquietante en las corrientes del océano.

Cambio para siempre

Aquel lunes de mañana, la geografía de su isla cambió radicalmente. Las largos tramos de la verde costa occidental de Ranongga, ahora están manchados de rojo allí donde los deslizamientos de tierra dejaron profundas cicatrices en las colinas.

Más al norte, el terremoto levantó hasta tres metros, cientos de metros de arrecifes de coral, acabando con el delicado organismo.

El pueblo de Buri se alzaba en torno a una bahía que tiene un rico y colorido arrecife de coral que atraía a los peces.

Hoy, tras varios tsunamis, incluido el que provocó el violento terremoto de la semana pasada, el arrecife yace seco y muerto al sol, un cementerio chato de formas blanquecinas como huesos que aloja cangrejos, peces y algas marinas.

Largas hendeduras aparecieron en el flanco de la colina donde están las casas de Buri. "Seguimos mirando al mar y preguntándonos qué pasará la próxima vez... Las cosas podrían ser todavía peor”, comenta Rickson Dick que es maestro.
Bajo lonas

Los habitantes de Buri siguen viviendo a la intemperie en las tierras altas, que quedan a una hora a pie del pueblo, se preguntan qué significan estos hechos extraños. La mayoría son cristianos y muchos creen que los desastres forman parte de la profecía que anuncia el fin del mundo.

"¿Porqué sucedió? ¿Por qué Dios nos manda un terremoto y un tsunami?”, pregunta Dick.

En medio de estos acontecimientos extraños y trágicos, la gente está dispuesta a seguir adelante con su vida. Redross Piokera, alcalde de Buri, dice que los vecinos piden toldos alquitranados para construir refugios más cerca de donde estaban sus casas.

Debido al sismo y docenas de réplicas, ninguno de los 700 habitantes del pueblo tuvo suficiente valor como para volver a su casa y quedarse, sólo fueron a buscar lo esencial.

Incluso si sus casas no sufrieron daños, prefieren dormir a la intemperie bajo lonas y estar cerca de sus viejas casas para ir a buscar lo que necesitan, ocuparse de sus huertos y seguir llevando una vida comunitaria como de costumbre.

Una semana después del desastre, un equipo de la Cruz Roja de las Islas Salomón y la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja estuvo en Buri para evaluar las necesidades de la gente y distribuir contenedores de agua, arroz, galletas y fideos.

En una visita anterior, se habían entregado toldos alquitranados a los habitantes. En el futuro, la Cruz Roja y la Federación Internacional esperan entregarles herramientas y materiales para ayudarles a reconstruir sus casas.


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