Kazajstán: dar un giro a la propagación de la tuberculosis

Publicado: 22 marzo 2007 0:00 CET



Sholpan Gabdesh abre con cuidado los pesados paquetes que Valentina Syrovyatkina, una enfermera de la Sociedad de la Media Luna Roja de Kazajstán, le ha subido a su apartamento de un cuarto piso, en una inhóspita zona de la ciudad kazaka de Kokshetau, en el norte del país, a unos 300 km de la frontera rusa. Es la última entrega a Sholpan, de 59 años, al final de su tratamiento contra la tuberculosis, y está preocupada por cómo se las arreglará en el futuro.

“Durante los últimos siete meses, me he salvado gracias a los alimentos y los artículos de higiene de la Media Luna Roja. Ahora, sin ellos, no sé cómo sobreviviré sólo con la pensión de mi marido” (9.000 tenges/mes, aproximadamente 60 dólares EE. UU./mes), declara. Se seca las lágrimas y señala a su marido, Utegen, que yace en la cama desde hace dos años, después de sufrir un derrame cerebral.

Sholpan es uno de los 50 pacientes a los que Valentina y su equipo de enfermeras de la Media Luna Roja visitan en Kokshetau. Tres veces a la semana, el equipo comprueba que los pacientes toman los medicamentos del tratamiento breve bajo observación directa (DOTS de sus siglas en inglés). En condiciones de pobreza, la tuberculosis se propaga con especial rapidez, y las enfermeras también distribuyen paquetes de alimentos, pues la dieta saludable es parte esencial del programa de tratamiento, de 6-8 meses de duración.

En toda la región de Europa, Kazajstán es uno de los países con tasas más elevadas de tuberculosis –una enfermedad altamente contagiosa que se propaga por el aire–.

Más de 23.000 kazakos padecen esta enfermedad, lo que equivale a 147 casos registrados por cada 100.000 habitantes. Desde la época comunista, después de que el período de transición trajera consigo la regresión económica y el empeoramiento del nivel de vida, y situara a los servicios de salud del país al borde del desastre, las tasas de tuberculosis han aumentado en más del doble.

“Durante los últimos seis años hemos estado ayudando a personas que no tienen acceso a los servicios de las instituciones encargadas de luchar contra la tuberculosis”, explica el Dr. Erkebek Argymbaev, Presidente de la Sociedad de la Media Luna Roja de Kazajstán.

Aunque las tasas de tuberculosis alcanzaron su máximo en 2002, en el oeste de Kazajstán y en las zonas en donde hay muchas personas infectadas con el VIH, la prevalencia de la tuberculosis y la mortalidad debida a esta enfermedad son elevadas.

Tuberculosis y VIH: la doble epidemia

La tuberculosis mata a hasta la mitad de todas las personas seropositivas en el mundo, pues la baja inmunidad de éstas las hace más vulnerables a la enfermedad. En Asia Central, los pacientes de tuberculosis corren además un riesgo mayor de contagiarse con el VIH, pues muchos de ellos pertenecen a grupos de alto riesgo como los de antiguos presos, consumidores de drogas o trabajadores del sexo.

Aunque en Kazajstán el VIH todavía no está avivando la epidemia de tuberculosis con la misma intensidad que en la vecina Rusia, ambas enfermedades se están propagando.

La Sociedad de la Media Luna Roja de Kazajstán realiza una labor pionera en la región en materia de coinfección. En las “zonas calientes” de VIH del país, como las ciudades centrales de Temirtau y Karaganda, ha establecido grupos especiales de médicos, psicólogos, abogados y trabajadores sociales. La mayoría de los 70 enfermos de tuberculosis coinfectados por VIH a los que atienden estos grupos, son antiguos presos. Todavía hoy, esta región –que adquirió triste fama a través de la obra “Archipiélago Gulag”– se conoce como el “cinturón penitenciario” del país.

Según Zoya Ruzhnikova, psicóloga de la Sociedad de la Media Luna Roja de Kazajstán, una de las partes más difíciles del trabajo en al ámbito de la coinfección es transmitir a un paciente de tuberculosis la mala noticia de que es seropositivo.

Cuando una persona seropositiva desarrolla la tuberculosis y no recibe tratamiento inmediato, normalmente muere en un plazo de dos meses. No obstante, si comienza el tratamiento contra la tuberculosis a tiempo, puede prolongarse su vida hasta cinco años, o más si posee acceso a medicamentos antirretrovíricos.

“Nuestras prisiones están plagadas de enfermos de tuberculosis”, observa Zoya. “Muchos presos, cuando salen en libertad, interrumpen el tratamiento y ponen en peligro a la comunidad local, que corre el riesgo de infectarse.”

A Alexander, de 33 años y antiguo consumidor de drogas, le diagnosticaron el VIH en 2001 y posteriormente enfermó de tuberculosis. No obstante, fue tratado rápidamente y actualmente trabaja como voluntario en el programa sobre coinfección de VIH y tuberculosis de la Media Luna Roja. Recurre a su experiencia para animar a pacientes con ambas infecciones a continuar su tratamiento, y les lleva paquetes de alimentos, vitaminas y artículos de higiene para asegurar que adquieren una mayor resistencia a las enfermedades.

Tuberculosis polifarmacorresistente

Además de afrontar el problema de la coinfección, Kazajstán lucha también contra el aumento de la denominada tuberculosis polifarmacorresistente. Hay más de 5.500 casos, y la mayoría ha resultado de la interrupción de un tratamiento contra la tuberculosis con medicamentos de primera línea.

A Klara Espolova le contagió la tuberculosis por primera vez su hijo, cuando abandonó la cárcel. Pero la pobreza, una dieta pobre y su diabetes la dejaron en una situación de vulnerabilidad, y volvió a contraer la enfermedad.

En mayo de 2005, la Media Luna Roja comenzó a enviar a sus enfermeras visitadoras a la antigua capital, Almaty, para atender a enfermos de tuberculosis polifarmacorresistente, y en julio puso en marcha un programa para apoyar a 50 pacientes en la ciudad oriental de Taldy Kurgan. El tratamiento de este tipo de tuberculosis, que puede durar hasta dos años, es caro –4.500 dólares EE. UU. por paciente– y el 30 % de los pacientes no se recupera.

En junio de 2006, pocos meses antes de su 50 cumpleaños, se confirmó lo que más se temía Klara: le diagnosticaron una tuberculosis polifarmacorresistente. Su hijo, Sergei, también está infectado con esta cepa más letal, “pero no responde bien al tratamiento”, dice Klara con lágrimas en su curtido rostro.

“Los medicamentos contra la tuberculosis polifarmacorresistente poseen dolorosos efectos secundarios y muchas veces no tengo ganas de tomarlos”, suspira. “Pero sé que no tengo otra posibilidad si finalmente quiero vencer a esta enfermedad."


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