La Media Luna Roja Yemenita en primera línea del cambio climático

Publicado: 18 junio 2009 0:00 CET



Abdul Azayn dice que se siente más seguro desde que el gobierno, con ayuda de los lugareños que solo utilizaron palas, terminara recientemente el terraplén que protegerá a su pueblo, junto a Wadi Mur, de inundaciones repentinas como las del otoño pasado que se cobraron la vida de dos vecinos.

“Era una pareja que vivía aquí”, añade Azayn, de 60 años, indicando con ambas manos la parcela vacía bajo sus pies. “Aunque tuve que reconstruir toda mi casa, nosotros nos salvamos.”

Los vecinos consideran que su “dique” (tal vez por su tamaño, se le pueda llamar así) contendrá el agua de las inundaciones.

No será tan grande como el otro más nuevo, construido a poca distancia corriente abajo, reforzado por rocas y financiado por el Banco Mundial, pero los trabajadores de la Media Luna Roja local entienden que el ejemplo del primero contribuyó a concebir el segundo.

Ahora que el terreno está seco se puede recorrer en coche casi medio kilómetro a través del enorme Wadi Mur, bordeado de bancos de arena y recuperar troncos de árboles y otros escombros.

Pero solo pensar que uno está una choza con techo de paja cerca de un wadi como éste en plenas inundaciones da miedo.

Ninguna alerta

Hace exactamente 20 años que Abdullah Ali Naji se percató por primera vez que el peligro de inundaciones repentinas era cada vez mayor en estos wadis de las montañas del interior del país, situadas detrás del puerto de al-Hodeidah en el mar Rojo.

Ali Naji, director ejecutivo de la filial de la Media Luna Roja Yemenita (MLRY), recuerda las graves inundaciones repentinas de 1989, pero “ahora, hay casi todos los años”.

De hecho, según el diccionario, un wadi es simplemente un cauce seco, salvo en temporada de lluvias. En esta parte de Yemen, antes la gente podía confiar en que estaba a salvo, si construía su casa por encima de la alta marca del agua en esa temporada.

Ya no.

“Ahora hay inundaciones repentinas en sitios donde jamás las hubo”, señala Ali Naji.

Una comunidad de Wadi al-Rimah fue particularmente castigada porque al no haber sufrido inundaciones graves por más de 40 años, nadie “hubiera siquiera imaginado” que podría haberlas. De ahí que las inundaciones arrastraran muchas casas de construcción reciente.

“Habitualmente, se da la alerta 30 minutos o al máximo una hora antes que llegue el torrente”, añade Ali Naji.

Pero a veces, no hay alerta ninguna y el agua se precipita en cascadas desde las montañas como un tsunami en regiones donde el clima es apacible. Y, en algunos casos, en plena noche.

“Trepar, solo trepar”

Aunque existen algunos procedimientos de alerta temprana basados en la comunidad, Ali Naji los califica piadosamente de “no sistemáticos” y consisten en llevar lámparas de mano.

Durante las inundaciones en Wadi Mur, los vecinos usaron lámparas por la noche para alertar a los conductores en la cercana carretera principal que va a Arabia Saudita, deteniéndoles antes del puente dañado que atraviesa el wadi, probablemente, salvando muchas vidas.

“Pero para los vecinos, no hay otra salida que trepar y sólo trepar lo más alto que se pueda”, añade Ali Naji.

La filial de al-Hodeidah de la MLRY está lidiando con las consecuencias de las recientes inundaciones casi simultáneas en tres wadi: al-Zubeid, al-Marawah y Wadi Mur, donde organiza una nueva subfilial y donde un drenaje de tormenta construido expresamente no ofrece total seguridad.

¿Todo eso obedece verdaderamente al “cambio climático”? Ali Naji señala que en los 50 últimos años, la población aumentó considerablemente y que algunos pueblo se encuentran en elevaciones peligrosamente bajas, incluso si el nuevo riesgo no resulta aparente.

Pero cuando se le pregunta si considera que la causa es la presión demográfica o el cambio climático, responde sin vacilar: “el cambio climático”.

Riesgo de marejadas ciclónicas

También en Yemen abundan pruebas por todas partes, entre ellas, el desastre de octubre de 2008 que se centró en la provincia de Hadramaut, pero afectó a casi un tercio del país, lo que dio lugar a una gran intervención internacional.

“Le pregunté a personas muy mayores si recodaban algo así y, verdaderamente, no”, cuenta Mohamed Yahya Sawlan, Coordinador de Gestión de Desastres de la MLRY en Sana’a, la capital.

Por todo Yemen, el cuadro de los impactos del cambio climático es similar al que se ve en el Cuerno de África del otro lado del mar Rojo: sequía y desertificación intercaladas con lluvias torrenciales que resultan inútiles, si el agua no se puede almacenar o canalizar por algún medio.

Abbas Zabarah, Secretario General de la MLRY, destaca sobre todo el aumento de la temperatura den Sana’a (a 2.200 metros de altitud): “Rara vez llegaba a 25 grados C en mayo.”

“Hay menos lluvias estacionales (otro espejo de la vida en los países del Cuerno de África) y los agricultores se debaten.

“Además, debido al calor, más personas se quejan de problemas respiratorios.”

Actualmente, la costa de Yemen se expone a otro riesgo: las marejadas ciclónicas.

Investigaciones recientes del Banco Mundial muestran que es uno de los cinco países más vulnerables del mundo en términos de costa afectada y población en peligro.

Asimismo, el Banco Mundial estima que Yemen es uno de los siete países cuyas zonas expuestas a marejadas ciclónicas representan más del 50 por ciento del producto interno bruto.

Cimas montañosas

Hasan al-Hardh, farmacéutico del Ministerio de Salud que se ocupa de prevención de la malaria en al-Hodeidah, piensa mucho en los nuevos peligros que acechan a su comunidad y los clasifica simplemente en este orden: sequía, inundaciones repentinas y derrumbe de edificios.

La ciudad vieja de al-Hodeidah es un buen ejemplo de la peculiaridad arquitectónica de Yemen que cautiva y fascina a los visitantes desde hace siglos, “pero muchos edificios, que llevan más de dos siglos sin mantenimiento alguno, fueron gravemente socavados por las inundaciones”, comenta al-Hardh.

Según él, en este momento las prioridades fundamentales son mantener limpios los wadis y drenajes de tormenta, y persuadir a la gente de instalarse en terrenos más altos, recuperando la tradición de construir casas en las frías cimas de las montañas que están más a salvo de amenazas humanas.

En medio del peligro climático del siglo XXI, la vieja máxima de la arquitectura yemenita “cuanto más alto, más seguro”, recobró cabal pertinencia.


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