Capítulo 2 - Influencia de la religión y las creencias en el comportamiento ante el riesgo

En el presente capítulo, se explica las razones por las cuales no todas las personas reaccionan  para reducir al mínimo la incidencia de los riesgos, incluso cuando tienen conocimiento de estos. Se describe la forma en que la religión, los hábitos y las normas sociales influyen en la percepción y la conducta respecto del riesgo. La religión es un determinante cardinal de las percepciones y del comportamiento.

En la reducción del riesgo de desastres, las creencias cobran dos dimensiones patentes, a saber pueden constituir un obstáculo para medidas concretas e inciden en la idea que se tiene de las amenazas.

Si bien los expertos en sociología religiosa, antropología cultural, etnología y psicología del riesgo han estudiado en profundidad la religión y otros sistemas de pensamiento, en la gestión del riesgo de desastres, apenas se contempla esos conocimientos. El reto radica en analizar  las percepciones y prácticas respecto del peligro sin considerar que exista primacía de una interpretación sobre las demás.

Resulta difícil hacer caso omiso de la religión y otras creencias, puesto que en algunas ocasiones pueden constituir la principal causa de la exposición a las amenazas naturales. Los miembros ajenos a la comunidad pueden reaccionar de manera negativa ante las interpretaciones religiosas del riesgo. El reconocimiento de distintas maneras de concebir el mundo constituye una primera etapa fundamental. Quienes ejecutan actividades encaminadas a la reducción del riesgo de desastres y a la adaptación al cambio climático no pueden simple y llanamente ignorar las creencias de la población.

La espiritualidad y las creencias influyen en la percepción de la naturaleza, incluido el modo en que se interpreta las amenazas naturales y los riesgos conexos. Por ejemplo, la fe religiosa ofrece redes sociales y esperanza. Las costumbres, las tradiciones y los ritos asociados a ella brindan una estructura y una identidad.

La religión y las creencias ejercen una función importante puesto que aportan una  explicación de los desastres. Pueden ayudar a las personas a enfrentar las causas de un suceso devastador: el refugio en la fe aporta consuelo.

No obstante, los profesionales en gestión de desastres podrían considerar las creencias tradicionales de escasa utilidad e incluso un factor innecesario de aumento a la exposición al riesgo.

Si bien los terremotos se explican hoy desde una perspectiva científica, basta con retroceder apenas un siglo para constatar la existencia de muy diversas creencias, por lo general fundadas en la religión o la cultura. Antaño, se acostumbraba atribuir los fenómenos naturales (en particular, las erupciones volcánicas y los seísmos) a la intervención de un ser divino que moraba en la tierra.

En todo el mundo y aunque la religión haya transformado esas prácticas, se observa creencias por cuyo conducto las personas intentan comunicar deseos a los dioses con miras a influir en fenómenos naturales.

La mayor parte de las poblaciones expuestas a riesgos medioambientales fomentaban las interpretaciones culturales de esos fenómenos puesto que les permitían ofrecer una explicación racional del peligro. Cuando se producía una catástrofe, las comunidades tenían así la impresión de controlar la situación y con frecuencia atribuían la responsabilidad a un factor interno o a una malévola intención externa.

La determinación de riesgos ambientales y la concertación de acuerdos para mitigarlos no  siempre son tareas fáciles. Varios ejemplos ilustran la forma en que las poblaciones han integrado los desastres en su concepción del mundo, sin afán de evitarlos; así ocurre en la isla de Vanuatu, en el océano Pacífico, donde se considera las erupciones volcánicas, los seísmos y los tsunamis como fenómenos “sociales” más que “naturales”.

Los sistemas de creencias también influyen en la reacción ante el cambio climático. Si bien la mayor parte de los gobiernos de las islas del océano Pacífico afectadas por el aumento del nivel del mar abogan por un cambio mundial, sus argumentos apenas han trascendido entre los habitantes, quienes en su mayoría estiman que la devoción religiosa basta para protegerlos.

En la mayoría de países, el cambio climático entraña distintos riesgos medioambientales sin precedentes y a largo plazo. Ello pondrá a prueba la eficacia de numerosas creencias tradicionales en un contexto, además, agravado por el incremento de la densidad de población.

A fin de transformar el enfoque de las instituciones que se ocupan de la reducción del riesgo de desastres con respecto a la religión y las creencias, es necesario que estas entiendan en primer lugar su perspectiva en este momento. Por lo general, los sistemas de creencias no influyen en las políticas nacionales sobre amenazas o riesgos medioambientales. Sin embargo, en el plano subnacional, los sistemas locales de pensamiento gozan a veces de mayor prominencia y podrían  propiciar una reorganización de las prioridades nacionales.

En numerosos países, la reubicación de los asentamientos humanos costeros afectados por el aumento del nivel del mar reviste capital importancia. Las creencias religiosas pueden tener incidencia en este caso; así, en algunas islas del océano Pacífico, muchos cristianos creen que dios velará por que su vivienda no quede sumergida por las aguas.

La atribución de la catástrofe a una causa divina permite que los responsables políticos y otros  dirigentes soslayen sus responsabilidades. Estrategia útil cuando la inadecuada planificación urbanística, la deficiente calidad en la construcción de las carreteras, o la corrupción son los verdaderos factores que transforman las amenazas en desastres.

Si bien en caso de catástrofe las organizaciones religiosas tendían a atender de forma prioritaria a sus propios miembros en vista de que podían acceder más fácilmente a ellos, la aceptación del principio de no discriminación ha atenuado el carácter excluyente de esa asistencia.

Las investigaciones sobre las creencias y los riesgos se generalizan de forma paulatina. Conforme se desprende del reciente Quinto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, es necesario que se contemple los factores culturales para disminuir la vulnerabilidad ante el cambio climático.

Los donantes y las organizaciones internacionales adoptan, en su mayoría, una perspectiva agnóstica bajo el argumento de que, caso contrario, se introduciría un elemento de subjetividad en análisis que deben estar exclusivamente fundamentados en la ciencia.

Aspectos fundamentales

Al menos seis razones justifican la consideración de las creencias en la labor de reducción del riesgo de desastres. En sentido positivo:

  • ayudan a las personas a superar la adversidad;
  • ofrecen una reserva de capital social;
  • brindan una plataforma para la divulgación de información sobre reducción de riesgos.

Ahora bien, también existen creencias que pueden resultar perniciosas porque:

  • obstaculizan el reasentamiento o la incorporación de métodos o modalidades de  edificación diferentes;
  • fomentan la vulnerabilidad;
  • dificultan la divulgación de información sobre reducción del riesgo.

Las personas se sienten incómodas ante lo desconocido y recurren a sistemas de creencias para esclarecer o comprender mejor lo que les afecta y lo que sucede a su alrededor. Las interpretaciones arraigadas en la cultura surgen como una explicación racional a la exposición constante al peligro. Por frustrantes que resulten para quienes trabajan en la reducción del riesgo de desastres, conviene reconocer que la religión y la espiritualidad constituyen una forma de capital social y revisten carácter prioritario para la recuperación.

El vínculo entre creencias y catástrofes es complejo y suscita intensas emociones. Resulta difícil abordar el tema sin revelar de inmediato la propia perspectiva del mundo. No obstante, es muy probable que surjan problemas si los responsables de la gestión de desastres no dan cabida a este aspecto crucial de la cultura.