Capítulo 3 – La adecuada consideración de los medios de vida

El capítulo 3 versa sobre los medios de vida. Se explica que, pese a tener conocimiento de los riesgos, las personas residen en zonas peligrosas, porque ahí es donde disponen de medios de vida. Ello entraña un considerable desafío para las actividades de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático.

Las llanuras inundables y los suelos volcánicos son lugares muy fértiles; las costas son zonas propicias para la pesca y la agricultura y, en las zonas áridas de fallas, con frecuencia fluyen acuíferos. Ciudades y pueblos en todo el mundo ofrecen medios de vida pese su ubicación costera o su proximidad a cursos de agua y fallas.

El riesgo de una gran catástrofe se “minimiza” para acceder a medios de vida. Incluso si las personas se exponen a perder su vivienda en un desastre, en esos lugares cuentan con oportunidades económicas, medios de subsistencia y empleos de los que carecerían si se trasladasen.

La cultura posibilita la convivencia con los riesgos: en vista de que no se alejarán del foco del peligro, las tradiciones les permiten vivir en situación de riesgo sin padecer un trauma emocional.

Si bien en los países de renta elevada no se suele emplear el término “medios de vida”, este sí se utiliza con frecuencia en los marcos y modelos correspondientes a los países de renta baja y media.

Cada medio de vida requiere determinados “activos” o “capital”. Los agricultores deben disponer de tierras y agua y, en su defecto, arrendarlas o trabajar como aparceros. Los profesores deben estar cualificados y los conductores de autobuses deben poseer un permiso de conducir. El enfoque sobre los medios de vida sostenibles establece cinco categorías de activos para facilitar el análisis de los sistemas de medios de vida, la pobreza y la vulnerabilidad financiera, humana, física, natural y social.

En muchos análisis de la vulnerabilidad y la capacidad, la evaluación de esos activos es parte integrante del proceso.

En numerosos países, el hogar constituye la unidad económica básica en la que se concibe las estrategias relativas a los medios de vida. Los activos se manejan de distintos modos para obtener ingresos, proceso en el que participan todos los miembros en activo del hogar (que incluyen a muchos niños en los países de renta baja). Si bien algunos miembros no generan ingresos de forma activa (con frecuencia las mujeres y los niños), las tareas de recogida de agua y combustible, cocina, cuidado de niños, atención de mayores o de familiares enfermos también resultan fundamentales.

Por lo general, la población apenas confiere prioridad a las amenazas graves que los organismos de reducción del riesgo de desastres intentan afrontar y asigna mucha más importancia a los problemas cotidianos. Está dispuesta (u obligada por la pobreza) a residir en lugares peligrosos para contar con medios de vida.

Las organizaciones de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático quizás estimen que quienes conviven con las amenazas se comportan de forma irracional. No obstante, la mayoría considera que actúa de modo racional cuando elige un lugar de residencia en el que puede cultivar tierras, pescar, desempeñar una actividad laboral, trabajar en una fábrica o acceder a medios de vida.

Pese a las advertencias que difunden las organizaciones de reducción del riesgo de desastres, la población no se trasladará si considera que perderá los medios de vida a largo plazo. La idea de que la información conseguirá que se modifique el comportamiento (“de forma racional”) frente a las amenazas serias (“modelo del déficit de información”) ha quedado desacreditada.

La información o incluso la educación no garantizarán que la población supere los riesgos que enfrenta. La cultura, la psicología y los factores emocionales ejercen una función de “filtro” que modifica el modo en que se utiliza la información. Todo nuevo conocimiento tiene que interactuar con comportamientos y emociones.

La relegación de una creencia frente a un nuevo conocimiento incide tanto en la vida de las personas como en el modo en que se relacionan con sus familiares y demás personas de su entorno. El apego emocional a la percepción del riesgo está tan afianzado que resulta difícil obviarlo. Al igual que ocurre con otras prácticas culturales, resulta extremadamente difícil que un hogar cambie si todos no lo hacen.

En algunos casos, los gobiernos proponen evacuar (incluso por la fuerza) lugares peligrosos y privan a la población de sus medios de vida.

En vista de que muchos ciudadanos se ven obligados a residir en lugares peligrosos a causa de la pobreza, en las políticas de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático, se debe contemplar con seriedad la influencia de los medios de vida. La reticencia que se muestra ante las evacuaciones, por temor al robo o a la pérdida de los activos, también refleja esa situación. Los daños causados en los medios de vida por una falsa alarma pueden ser tan significativos como los estragados provocados por una catástrofe.

Los medios de vida constituyen la primera salvaguarda ante los desastres y determinan el nivel educativo de los hijos. Además, un medio de vida satisfactorio determina la capacidad de protección frente a las amenazas y permite edificar viviendas en lugares seguros. Incluso cuando disponen de ingresos suficientes, muchos ciudadanos no adoptan medidas de protección.

Cuando se solicita información sobre los problemas que se enfrenta, muy pocos interlocutores mencionan los riesgos que las personas ajenas a la comunidad consideran como la causa de graves catástrofes. Muchos tienen un conjunto de prioridades totalmente diferente respecto de los riesgos. Esta aseveración se funda en los numerosos análisis emprendidos en el plano local por las organizaciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y las organizaciones no gubernamentales.

Por lo general, en gran parte de las organizaciones no gubernamentales, esos análisis se elaboran sobre la base de métodos participativos análogos. En muy pocas ocasiones, la población hace referencia a amenazas graves. Si bien los hombres, las mujeres y los niños suelen tener prioridades distintas, apenas mencionan los seísmos, las inundaciones, los huracanes u otros desastres de inicio repentino.

Las organizaciones de reducción del riesgo de desastres o los donantes suelen efectuar evaluaciones de los riesgos, como los análisis de la vulnerabilidad y la capacidad, teniendo presente una amenaza concreta; esas organizaciones entablan contactos a escala local sobre la base de la financiación obtenida para enfrentar peligros concretos.

En lugar de mostrar interés por los desastres, sus interlocutores suelen mencionar problemas cotidianos. Conforme se indica en algunos análisis sobre preparación para desastres, es inútil fomentar la participación en las actividades de reducción del riesgo de desastres hasta que no se subsane esos problemas.

Se prevé que el cambio climático entrañe un aumento de la frecuencia y la gravedad de las amenazas y de la cantidad de personas vulnerables expuestas. Los efectos de las variaciones térmicas, las precipitaciones y la estacionalidad –consecuencia de ese fenómeno- dañan los medios de vida rurales de miles de millones de personas e incrementa la cantidad de quienes están expuestos a las amenazas.

El concepto de “territorialidad” se emplea en sociología para calificar el comportamiento con el que se muestra la importancia que se confiere a un determinado lugar. Es, ante todo, un mecanismo de defensa que contribuye al mantenimiento de la estabilidad emocional ante los cambios.

El concepto de “disonancia cognitiva” también resulta pertinente; este se refiere al sufrimiento emocional de quienes se ven obligados a vivir con dos ideas contradictorias. La disonancia surge ante la imposibilidad de alcanzar un equilibrio emocional y de controlar todas las circunstancias, por ejemplo, cuando se vive en una situación de riesgo a cambio de un acceso a medios de vida.

La cultura y las creencias pueden ejercer esa función cuando se interpreta el peligro desde una perspectiva religiosa. Se convive con los riesgos gracias a las creencias que facilitan la superación de la disonancia. Estas forman parte del proceso mediante el que los seres humanos logran reducir la disonancia cognitiva vinculada al riesgo. El grupo cultural que acostumbra a proceder de ese modo estima que los seres humanos no pueden controlar los riesgos.

Resulta interesante constatar que las instituciones de reducción del riesgo de desastres o de adaptación del cambio climático han extraído escasas enseñanzas de otras disciplinas en las que se conoce ampliamente y utiliza de larga data los conceptos mencionados para contribuir a la explicación de los comportamientos. En proyectos recientes -en los que colaboran quienes asumen tradicionalmente la labor de previsión meteorológica, “invocadores de lluvia” africanos y miembros de servicios meteorológicos- se observan intentos conexos para salvar las diferencias y combinar los distintos sistemas de creencias.

Conclusión

En la concepción de los programas de reducción del riesgo de desastres, no se suele contemplar esos aspectos característicos del comportamiento humano –prioridades respecto de los riesgos e importancia de los medios de vida. Si no se confiere mucha más atención y respeto a las prioridades, los comportamientos y los sistemas de creencias, es muy probable que las actividades de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático no puedan dar lugar a un cambio consecuente.

La ineficacia de las actividades de reducción del riesgo de desastres suscita más preocupación a causa del cambio climático y de su incidencia en la frecuencia y la intensidad de los fenómenos climáticos. Así, resulta imperativo que se incremente la eficacia de las iniciativas en ese ámbito y, habida cuenta de que la población se ve obligada a vivir en lugares peligrosos, que toda actividad de preparación para desastres o de lucha contra el cambio climático se funde en la comprensión de prioridades complejas.

Por consiguiente, resulta esencial que en las actividades de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático se aborde los factores culturales que influyen en la disposición para asumir riesgos y peligros. El problema fundamental radica en que, con frecuencia, se prefiere permanecer en una ubicación peligrosa para preservar los medios de vida.