Capítulo 4 – El mito de la comunidad

Muchas organizaciones que emprenden actividades de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático no han establecido una cultura empírica, sino fundada en la confianza. En este capítulo, se examina la certidumbre que se suele atribuir de forma equivocada a la “comunidad” y a la consiguiente “participación”.

Numerosas organizaciones no gubernamentales, las organizaciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y muchas organizaciones internacionales emplean el término “comunidad”, que suelen preferir a “personas” o “localidad”. Si bien la palabra ha adquirido un valor simbólico, esta denota colaboración y comportamiento benignos que pueden no resultar acertados.

Con frecuencia, el término “comunidad” se emplea sin sentido crítico (al igual que expresiones como capacidad de resistencia y recuperación, sostenible, y marginado) puesto que está arraigado en la cultura institucional y tiene el propósito de difundir dos argumentos que legitiman la organización y sus funciones. En primer lugar, el hecho de que se ejecuta las actividades con un enfoque ascendente y en colaboración con las comunidades locales. En segundo lugar, que existe una entidad cohesionada que favorecerá el proceso de reducción del riesgo de desastres y de adaptación al cambio climático, una vez movilizada mediante actividades participativas.

La mayor parte de las organizaciones que desempeñan labores en las esferas de la reducción del riesgo de desastres y la adaptación al cambio climático tienen un sólido conocimiento de las relaciones de poder que afectan a la “comunidad”. Sin embargo, suelen hacer caso omiso de estas pese a la prevalencia casi constante de divisiones de género, clase social, etnia, casta, cultura y religión.

En vista de que la mayor parte de donantes respaldan actividades locales en colaboración con las personas más vulnerables y económicamente desfavorecidas, la “comunidad” se ha convertido en el distintivo honorífico que permite a las organizaciones receptoras de fondos aseverar que obran de forma correcta.

Si bien los análisis de la vulnerabilidad y la capacidad tienen por propósito el acopio de información y el fomento de la participación de la población local, no se suele examinar las causas subyacentes de la pobreza y la vulnerabilidad. Resulta contradictorio que, mediante un proyecto de reducción del riesgo de desastres o de adaptación al cambio climático “basado en la comunidad”, se intente alentar la participación de los dirigentes y de las instituciones en la solución de un problema cuando en realidad forman parte de él. En la mayoría de los proyectos, se entabla relaciones con las personas que ostentan el poder para obtener su autorización o lograr su participación en el proyecto.

En los últimos cuarenta años aproximadamente, la esfera del desarrollo ha sido objeto de  drástica transformación: las políticas con enfoque descendente se han sustituido en gran parte por actividades participativas y con arraigo comunitario. Un cambio análogo ocurrió en las organizaciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, conforme denota la ejecución de actividades locales que utilizan el enfoque del análisis de la vulnerabilidad y la capacidad y promueven iniciativas basadas en la comunidad.

Aunque en última instancia las organizaciones definen la “comunidad” sencillamente como “el lugar en el que trabajan”, se ha demostrado que las actividades con arraigo comunitario pueden resultar eficaces en la esfera de la reducción del riesgo de desastres.

Por lo general, cuando se ejecuta actividades de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático, en la práctica, se carece de espíritu crítico y apenas se tiene conocimiento del intenso debate que se tiene lugar desde hace varios decenios. Apenas se reflexiona sobre el significado efectivo de los términos “comunidad” o “basado en la comunidad” en el contexto de las divisiones internas de clase social, género y etnia.

El examen de los problemas que entraña el concepto de “comunidad” y la reflexión crítica sobre su significado revisten importancia. Su utilización puede resultar perniciosa para las actividades de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático, puesto que gran parte de lo que denota es ficticio.

Se observa tres desafíos fundamentales. El primero radica en el cuestionamiento del carácter uniforme y homogéneo de las comunidades y de la ausencia de conflictos o divisiones internas. El segundo está vinculado con los sistemas locales de poder y se centra en la idea de “captación por parte de la élite”. El tercero estriba en la casi constante distorsión de la participación, en favor de determinados grupos o personas, a raíz de las divisiones internas y las relaciones de poder.

En la edición 2004 del Informe mundial sobre desastres, se señala que los grupos más homogéneos en cuanto a clase, etnia, medios de vida o medios económicos contribuyen en mayor medida al fomento de la capacidad de resistencia y recuperación que las comunidades que denotan divisiones en torno a esos factores. No obstante, esa uniformidad apenas se observa en la mayor parte de los países, donde predominan los conflictos, las tensiones, la explotación interna de la comunidad y la división en subgrupos.

Las principales fracturas observadas en el seno de las así denominadas comunidades están vinculadas con los sistemas de poder, que organizan a las personas en función del género, de la clase social, de la casta, de la etnia, de la sexualidad y de la edad o por medio de la esclavitud o del trabajo forzoso.

Se ha demostrado que la inequidad entre hombres y mujeres está vinculada por distintos medios con la reducción del riesgo de desastres y la adaptación al cambio climático:

 

  • las mujeres son más vulnerables ante las amenazas y se recuperan con mayor dificultad;
  • por lo general, las mujeres ejercen un control muy inferior en las actividades de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático;
  • la violencia y los abusos que padecen las mujeres y las niñas aumentan tras las catástrofes;
  • las mujeres confieren prioridad a las necesidades de la vida diaria, la seguridad y el abastecimiento en agua;
  • las mujeres organizan con más acierto las actividades colaborativas de reducción del riesgo de desastres y ejercen funciones rectoras con mayor idoneidad;
  • la primacía de las intervenciones posteriores a desastres sobre las actividades de mitigación del riesgo no permite la adopción de medidas respecto de las causas de la pobreza y para superar las catástrofes; además, se sitúa a las mujeres en condición de víctimas y no de agentes del cambio.

 

Si bien la violencia es un fenómeno frecuente en gran parte del mundo, resulta muy difícil abordarlo con los miembros de los hogares. Conforme estima la Organización Mundial de la Salud, un tercio de las mujeres mayores de quince años han sido atacadas por su pareja. Las organizaciones dedicadas a la reducción del riesgo de desastres y la adaptación al cambio climático se muestran optimistas cuando consideran que pueden reducir la inequidad entre hombres y mujeres mediante la inclusión de estas en actividades participativas.

Muchas personas sin tierra apenas son capaces de afrontar el riesgo de desastre que enfrentan o de adaptarse al cambio climático. Sin embargo, se carece casi por completo de investigaciones y prácticas en las que se contempla el modo en que esas personas conciben la reducción del riesgo de desastres y la adaptación al cambio climático.

La “apropiación por parte de las élites” denota que las personas más acaudaladas, más educadas y de clase social más elevada tienden a estar representadas de forma excesiva en los proyectos participativos.

La “participación inducida” ocurre en el exterior; aunque por lo general esta práctica no resulta provechosa, constituye un elemento obligatorio de la autojustificación de las condiciones que establecen los organismos y los donantes.

Cuando una organización desea elegir una localidad para la ejecución de actividades basadas en la comunidad, la aprobación de los funcionarios o los “dirigentes” locales constituye una etapa casi inevitable. Se corre el riesgo de que los ciudadanos ordinarios perciban el proceso como ajeno o vinculado a los sistemas de poder local.

Cuando la vulnerabilidad es consecuencia del sistema de poder “comunitario”, cabe interrogarse sobre el periodo de preservación de los logros y el eventual progreso significativo en cuanto a la reducción de las causas subyacentes de la vulnerabilidad.

Conclusión

La capacidad de participación de la población en actividades locales de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático casi siempre se ve afectada por las relaciones de poder significativas en el plano de la “comunidad”; toda eventual colaboración en iniciativas comunitarias de esa índole se tiene que llevar a cabo en ese contexto. Las organizaciones deben diferenciar los distintos grupos económicos y sociales y tener conocimiento del modo en que el poder influye en la reducción del riesgo y la adaptación.

Se considera que la falta de medios económicos y la vulnerabilidad que padecen las personas se debe por lo general a las relaciones de poder, que determinan sus bienes e ingresos. Resulta capital que quienes obran por la reducción de la vulnerabilidad y la pobreza entiendan que el poder local tenderá a defender su posición si las actividades de reducción del riesgo de desastres y las iniciativas basadas en la comunidad pueden lograr una incidencia significativa.