Capítulo 5 – Cultura, riesgo y edificaciones

Este capítulo tiene por principal objetivo destacar el carácter fundamental de la edificación de estructuras en la reducción del riesgo de desastres y las ventajas que aportan los conocimientos de las comunidades indígenas y la arquitectura vernácula.

Todos los desastres afectan a los inmuebles y, en muchos casos, como en el seísmo que asoló Haití en 2010, también exacerban la crisis de la vivienda. El estado de las edificaciones es un determinante esencial del riesgo.

Con creciente frecuencia, la arquitectura vernácula se sustituye con estructuras construidas con materiales no convencionales –en particular, hormigón armado y bloques de hormigón– lo que suele provocar el deterioro de la integridad estructural de las edificaciones, el olvido de métodos de construcción tradicionales y la destrucción del patrimonio.

El nivel de urbanización previsto en el siglo XXI y los consiguientes cambios en los medios de vida y las tecnologías entrañan un desafío para la construcción de edificios seguros, sostenibles y asequibles. Las zonas edificadas en rápida evolución se caracterizan, en particular, por la expansión de inmuebles dispares, sobre todo en los mercados de rápido crecimiento de Asia oriental.

Si bien la población modifica los edificios con el paso del tiempo en función de los riesgos, se ha demostrado que esa adaptación cultural depende de tres factores fundamentales, a saber, la persistencia del riesgo, la posibilidad de alerta previa y la gravedad de los daños previstos. En la mayor parte de las amenazas naturales, se observa esos aspectos.

La arquitectura vernácula suele constituir un término medio ante las múltiples amenazas, puesto que la mayoría de las comunidades está expuesta a distintos peligros y debe establecer prioridades respecto de los riesgos. Sin embargo, el tipo de arquitectura nunca está supeditado a un único peligro medioambiental. En las zonas expuestas a riesgos, el elemento fundamental determina la adopción de un método de edificación que, a menudo, evoluciona durante varias generaciones.

Si se gestiona con acierto, la arquitectura vernácula ofrece resultados satisfactorios incluso en circunstancias extremas. La elevada cantidad de muertes en los terremotos de Izmit (Turquía) en 1999, Bam (Irán) en 2004 y Haití en 2010 se debieron más a la inadecuada edificación de los inmuebles contemporáneos que a las construcciones vernáculas.

Tras un desastre, los gobiernos y las organizaciones no gubernamentales suelen conferir prioridad a la edificación de una gran cantidad de viviendas, con recursos limitados, en el menor tiempo posible. No obstante, en la reconstrucción se debe tomar en consideración la opinión de la comunidad local para que el resultado sea satisfactorio.

La cultura reposa sobre valores fundamentales que determinan la orientación del enfoque de las organizaciones del sistema de  las Naciones Unidas, conforme a la cual los propietarios de las viviendas destruidas deben decidir acerca de la reconstrucción. La vivienda está vinculada con la reconstrucción de las comunidades, la rehabilitación del capital social y cultural y los medios de vida.

Las decisiones desacertadas en cuanto a la ubicación de asentamientos provisionales trastocan los medios de vida y agudizan la vulnerabilidad. Un enfoque en el que se concede  responsabilidad de los propietarios, se contempla la participación de la comunidad y se recurre a técnicas de construcción adaptadas a la cultura, constituye la base de la rehabilitación de las comunidades.

Las consideraciones culturales son parte integrante de la reconstrucción a largo plazo. La arquitectura vernácula puede ofrecer significativa orientación en cuanto a la construcción de nuevas viviendas; la preservación de los materiales protege el patrimonio arquitectónico y la identidad de las comunidades.

En caso de seísmos, con frecuencia, se subestima los elementos relacionados con la cultura y las tradiciones, lo que perjudica de forma considerable tanto a quienes acuden en ayuda como a las poblaciones damnificadas. Los terremotos son los principales fenómenos naturales repentinos que sirven de parámetro para calcular la resistencia de los edificios.

Los primeros códigos de construcción elaborados en los Estados Unidos de América influyen en numerosas normativas contemporáneas. En Norteamérica, cerca del noventa y cinco por ciento (95%) de la población reside en viviendas con estructuras de madera. Allí y en otros lugares del mundo, estas ofrecen mayor resistencia en caso de seísmos.

Esa situación contrasta de forma notable con la que se observa en la mayoría de las regiones en el mundo expuestas a terremotos, donde, por lo general, se construye los inmuebles con armazones y juntas rígidas y las columnas con fábricas de albañilería no armada para resistir al esfuerzo cortante. Las estructuras rígidas de hormigón armado han transformado el sector de la construcción en el mundo –cambio tan generalizado que apenas se contempla los riesgos conexos, pese al incremento de la cantidad de muertes provocadas por daños a estructuras de hormigón armado en caso de seísmos.

No obstante, la fortaleza y resistencia observadas en determinadas ocasiones en las estructuras rígidas de hormigón armado hacen difícil que se ponga tela de juicio esas técnicas.

Conforme se observó en el terremoto ocurrido en Haití en 2010, resulta urgente que se examine los riesgos que conllevan las estructuras rígidas de hormigón armado. El aparente fallo estructural de varios edificios emblemáticos en Puerto Príncipe creó la impresión de una abrumadora cantidad de víctimas en los densos asentamientos de las laderas de la capital haitiana, construidos en gran parte con bloques de hormigón; sin embargo, las precarias e improvisadas viviendas construidas por los propios habitantes ofrecieron más resistencia que los inmuebles recientes con estructuras de hormigón armado.

Si ese tipo de estructuras son de excelente calidad, los resultados pueden resultar extraordinarios. No obstante, habida cuenta de la amplia generalización de ese tipo de construcción, se emplean apenas en una reducida proporción de edificios.

El interés despertado por las técnicas de edificación tradicional acusa constante aumento. En las zonas sísmicas, se examina con atención las estructuras tradicionales que ofrecen una resistencia inusual ante el derrumbe.

Con frecuencia, la predilección por el hormigón como única opción “moderna” ha debilitado las tradiciones. La rehabilitación de los oficios característicos de la arquitectura vernácula también puede contribuir a la preservación de la cultura.

En Turquía, las nuevas estructuras incluyen crecientemente muros de hormigón armado concebidos para resistir al esfuerzo cortante. Si bien la mampostería confinada ofrece una alternativa viable, el refuerzo de edificios con estructuras de hormigón armado rígido mediante paredes resistentes al esfuerzo cortante, resulta muy costoso y exige que los ocupantes abandonen el lugar por periodos prolongados. En esos casos, se propone métodos que conlleven menos incomodidades. 

En la fase de socorro, los organismos externos de asistencia hacen hincapié en las necesidades y no en las capacidades; la importación de una única solución puede resultar contraproducente para la recuperación local. Así mismo, el control de los recursos y la asunción de la responsabilidad por agentes externos de socorro en esferas como el alojamiento provisional y de emergencia y la reconstrucción de las viviendas puede obstaculizar las iniciativas de los hogares, los dirigentes y las instituciones locales.

No obstante, en vista de los resultados insatisfactorios y del coste de las tiendas y los materiales de construcción importados, por ejemplo, en el proyecto sobre alojamiento provisional y de emergencia que la Federación Internacional emprendió en el Sahel, la organización veló por ofrecer soluciones más adaptadas a la cultura.

Las técnicas de construcción evolucionan de forma constante. Tras la sustitución de la cultura rural por la urbana, se ha reemplazado la agricultura y la subsistencia por un sistema fundado en gran parte en las transferencias monetarias. La cultura rural también se halla en una fase de transición.

Los desastres ocurren en ese contexto de transición y pueden acelerar la urbanización, la utilización de nuevos materiales y la transformación de las familias ampliadas en unidades nucleares. Además, las crisis de gran envergadura pueden, por ejemplo, fomentar la concepción de nuevas soluciones por parte de los albañiles a fin de subsanar los defectos de los edificios.

En ese momento de cambio acelerado, se corre el riesgo de perder aptitudes, conocimientos y bienes valiosos -también a raíz de la demolición de edificios tradicionales- y de poner en peligro la cultura de construcción local.

Los momentos posteriores a un desastre resultan cardinales para el establecimiento y la redefinición a asuntos relativos a la edificación y se puede fomentar o relegar las aptitudes tradicionales.

Los organismos de socorro y los técnicos profesionales que participan en las actividades posteriores a los desastres participan de forma significativa en las deliberaciones sobre la cultura y las técnicas de construcción. Por lo general, los expertos externos logran suplir las carencias tecnológicas. Si bien numerosos especialistas cuantifican las pérdidas, pocos efectúan un examen cualitativo de los inmuebles dañados y apenas documentan los que resistieron de forma adecuada.

En algunos casos excepcionales, los organismos han regenerado de forma satisfactoria los conocimientos locales, como en el caso de la quincha, un ligero entramado de caña tradicional que la organización no gubernamental Practical Action utilizó para la construcción de alojamientos provisionales y de emergencia y edificaciones permanentes tras el terremoto ocurrido en Perú.

Conclusión

Un desastre puede impulsar la voluntad política y social de intervención con miras al perfeccionamiento de la gestión medioambiental.

Los detractores de las técnicas tradicionales que esgrimen argumentos medioambientales tienden a obviar los perjuicios y el frecuente rendimiento insatisfactorio de los materiales modernos a ese respecto, su limitada eficiencia energética y las posibilidades de aumento de la vida útil de los inmuebles gracias a un perfeccionamiento de las edificaciones.

Si bien resulta esencial que la asistencia y las intervenciones externas contribuyan a que las comunidades locales adopten decisiones informadas a este respecto, ello no debe hacerse a expensas de criterios culturales que estas valoran más que las personas ajenas a la comunidad.