Capítulo 7 – El papel fundamental de la cultura en la reducción del riesgo de desastres

En este capítulo, se describe el modo en que la cultura entraña un reto cuando se enfrenta peligros naturales al tiempo que contribuye a la reducción del riesgo de desastres. Se ofrece orientación sobre la forma en que cabe integrarla en las actividades de preparación para desastres y la mitigación de estos, en particular en el contexto del cambio climático.

Las amenazas solo se transforman en catástrofes si afectan a personas vulnerables. El mismo huracán puede transitar por tres países en el Caribe y repercutir de modo diferente en cada uno. La intensidad de la incidencia depende de la vulnerabilidad.

Las actividades de reducción del riesgo de desastres deben atajar la vulnerabilidad para que resulten provechosas. A los factores políticos, económicos y sociales, se suma la cultura, que resulta crucial por tres motivos:

 

  • las creencias de la población pueden obstaculizar la reducción del riesgo de desastres; 
  • la cultura puede facilitar la reducción del riesgo de desastres y la adaptación al cambio climático;
  • la cultura forma parte integrante de la vida cotidiana.

 

En el presente informe, se argumenta que la cultura es un factor pertinente tanto para la adaptación al cambio climático como para la reducción del riesgo de desastres puesto que ambas esferas están vinculadas con la percepción del riesgo por parte de la población y con el consiguiente comportamiento de esta.

Durante milenios, las sociedades han albergado creencias espirituales y han vivido a la merced de amenazas entonces carentes de explicación científica alguna; resultaría, pues, sorprendente que no pudieran ofrecer información significativa en relación con las catástrofes.

La consideración de una calamidad como un castigo no siempre obstaculiza la participación en las actividades de preparación para desastres. Sin embargo, es probable que la acogida de las actividades de mitigación sea más elevada cuando se toma en consideración las creencias.

La cultura de las organizaciones que obran por la reducción del riesgo de desastres y la adaptación al cambio climático puede plantear obstáculos. Por lo general, estas adoptan un enfoque científico que, difícilmente, brinda cabida a creencias diferentes.

Los aspectos culturales que determinan la reacción individual ante el riesgo parecen estar vinculados con dos tipos de comportamiento. En primera instancia, las prácticas que apenas aportan beneficios materiales están relacionadas de forma inherente con el logro de un estado emocional satisfactorio. En segunda instancia, algunos modos de enfrentar el riesgo dan lugar a culturas que posibilitan la autosuficiencia en lugares peligrosos y la asignación de una prioridad inferior a los peligros extremos.

Los responsables de las intervenciones en casos de desastre se interrogan a menudo acerca de la inacción de algunas personas para reducir al mínimo la incidencia de una amenaza inminente incluso cuando estas disponen de información al respecto. No obstante, no todas contemplan los riesgos bajo el mismo prisma.

En algunos contextos, las relaciones de poder están arraigadas en la cultura y entrañan distintas consideraciones del riesgo. Una de las más palmarias está vinculada con el género y otra con los límites formales de los medios de vida a los que se puede acceder (como la casta).

Las organizaciones deben reflexionar sobre la cultura interna y sobre el modo en que interactúa con las creencias de la población beneficiaria. En particular, conviene que:

acepten la eventual jerarquía de riesgos adoptada por la población;

 

  • no consideren que las comunidades en las que emprenderán actividades son unidades homogéneas;
  • no estimen que la población adopta una misma lógica y racionalidad;
  • asuman que las consideraciones de la población pueden ser distintas a las consideraciones institucionales.

 

Numerosas organizaciones han adoptado medidas destinadas a la incorporación de las percepciones y prioridades locales y comunitarias en sus actividades; en otros casos, si bien se reconoce las culturales locales, estas no se reflejan por completo en las actividades de reducción del riesgo de desastres.

La dificultad que surge, en general, cuando se examina las causas de la vulnerabilidad también constituye un elemento cardinal de la cultura de las organizaciones. Asimismo, estas han establecido prácticas que les permiten obviar las causas efectivas de los problemas. Aunque los empleados o los voluntarios suelen tener constancia de las consideraciones y las prioridades en las que se sustentan los medios de vida, esos conocimientos se desvanecen en las instancias administrativas más elevadas de las organizaciones, donde imperan limitaciones financieras, logísticas y en relación con los donantes.

A continuación, figuran varias consideraciones de índole general que facilitan una mayor inclusión de la cultura en las actividades de reducción del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático:

 

  1. comprensión de la cultura propia a la comunidad con la que coopera la organización;
  2. dificultad de traducción a otros idiomas de numerosos tecnicismos propios de la lengua inglesa relativos a la reducción del riesgo de desastres y al cambio climático;
  3. consideración y entendimiento de las creencias individuales;
  4. imposible aceptación de determinadas prácticas como la mutilación genital femenina;
  5. respeto de la emoción como factor que cabe considerar;
  6. comprensión de prioridades contrapuestas;
  7. reconocimiento de la diversidad;
  8. reconocimiento del aporte de las aptitudes locales ligadas a la cultura en la reducción del riesgo de desastres;
  9. determinación de la perspectiva de la población ante el riesgo;
  10. reflexión sobre las concesiones que la población debería hacer para adoptar un enfoque científico;
  11. identificación de los marcos temporales relacionados con las amenazas;
  12. reflexión sobre la vinculación del proceso humanitario posterior a las catástrofes con las consideraciones enunciadas.

 

Los sistemas de poder son una de las cuestiones más fundamentales que resulta imperativo entender; estos revisten especial importancia en las zonas rurales, donde el poder influye en el uso de los bienes y los recursos en los que se sustentan los medios de vida. Numerosas organizaciones han adoptado una cultura comunitaria como concepto institucional; así se alienta a considerar que las relaciones de poder no constituyen un factor significativo en el plano local.

Las actividades en la esfera local no representan el único medio de ayuda. En muchos lugares del mundo, el cauce más eficaz para poner coto a la pobreza radica en una oferta adecuada de servicios sociales como la atención de salud y la educación públicas, gracias a una redistribución con enfoque descendente.

Independientemente de la cantidad de organizaciones que emprenden actividades con arraigo comunitario, resulta imposible intervenir de ese modo en cada lugar. Todas las localidades y vecindarios se deberán adaptar al cambio climático; las organizaciones no gubernamentales y las organizaciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja no podrán alcanzar ese objetivo por medio de actividades comunitarias. Por lo tanto, el respaldo de las actividades locales de preparación para desastres, a escala nacional, resulta indispensable para la elaboración de políticas eficaces con enfoque descendente, lo que contrasta con las intervenciones locales emprendidas por las organizaciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y las organizaciones no gubernamentales a título de prueba sin el logro de resultados satisfactorios.

Por ejemplo, en la esfera de la vivienda y la construcción, la población apenas ha adaptado recientemente las edificaciones tradicionales para construir hogares más seguros, ámbito en el que algunas organizaciones orientadas a la reducción del riesgo de desastres han ejercido un papel capital. No obstante, las catástrofes entrañan una pérdida de confianza en la arquitectura vernácula y se debe obrar por facilitar la recuperación de los damnificados gracias a las capacidades locales.

 

En el sector de la salud, resulta indispensable que los organismos humanitarios se preparen para adaptarse a las circunstancias locales y que las actividades de salud en caso de catástrofe se integren en los servicios, de manera que los sistemas de atención primaria de salud puedan hacer frente a situaciones extremas.

Conclusión

En el informe, se ha destacado que las actividades de reducción del riesgo de desastres no pueden lograr resultados satisfactorios si no se toma en consideración la cultura de las poblaciones y no se reexamina las prácticas de las organizaciones que intervienen en ese ámbito. El cambio climático incrementará la cantidad de personas vulnerables e intensificará las amenazas, lo que acrecentará el carácter primordial que revisten esas consideraciones.

El cambio climático requiere que se replantee por completo las actividades de reducción del riesgo de desastres; los factores culturales adquieren mayor pertinencia cuando suponen un obstáculo. Si bien la cultura institucional debe evolucionar de manera que se supere los nuevos desafíos, el cambio climático brinda oportunidades para las organizaciones que velan por la reducción del riesgo de desastre: estas deberán modificar sus prácticas y extraer enseñanzas de las intervenciones y los contextos culturales para hacer frente al calentamiento climático en los países de renta elevada y en algunos contextos religiosos.