Una historia de dos emociones: En Myanmar, visitando a personas cuyas vidas se vieron sacudidas por el terremoto del 28 de marzo, me debato entre la esperanza y el miedo.

El Secretario General de la IFRC, Jagan Chapagain, visita un centro comunitario en un campamento de personas desplazadas en Myanmar.

El Secretario General de la IFRC, Jagan Chapagain, visita un centro comunitario en un campamento de personas desplazadas en Myanmar.

Foto: IFRC

Escrito por Jagan Chapagain, Secretario General de la IFRC 

La niña estaba de pie a un lado, mirando a otras niñas y niños bailar y reír. Tenía las manos agarradas a los costados y la mirada fija en el suelo.

Parecía insegura de pertenecer al grupo. Pero entonces dos jóvenes del voluntariado de la Cruz Roja de Myanmar se fijaron en ella.

Sin mediar palabra, se acercaron y empezaron a bailar a su lado, con respeto, suavidad y sin presionar. En poco tiempo, la joven era el centro de atención, riendo y saltando con las demás personas como si siempre hubiera formado parte del grupo.

Fue un momento que representó mucho de lo que vi mientras viajaba por Myanmar la semana pasada: un momento de miedo que da paso a la esperanza.

Mientras nos deteníamos y visitábamos a la gente en los pueblos y ciudades más afectados por el terremoto del 28 de marzo y sus réplicas, a menudo me sentía dividido entre dos emociones fuertes y opuestas.

Por un lado, sentía una esperanza palpable. La veía en los rostros cálidos y acogedores de las personas que vivían en condiciones desesperadas, pero capaces de mantener un sentido de determinación, humanidad y dignidad.

Por otro lado, no podía evitar sentir una inquietante sensación de preocupación e incluso temor cuando la gente explicaba cómo el terremoto les había arrebatado gran parte de lo que más apreciaban: sus hogares, sus seres queridos, sus medios de subsistencia y su sensación de seguridad.

Estos sentimientos eran difíciles de conciliar porque en muchos lugares, aunque hay esperanza, también existe un miedo muy profundo y comprensible sobre lo que vendrá después.

Cuando viajaba por carretera de Sagaing a Mandalay, y luego a Naypyitaw y Yangon, vi casas, ya medio destruidas por el terremoto, ahora completamente derrumbadas por la lluvia. En muchos casos, personas que ya habían sido desplazadas por crisis anteriores se veían obligadas a empezar de nuevo.

Muchas familias viven en tiendas de campaña o hacinadas en sus casas, expuestas a un calor cada vez más intenso y sin acceso a agua potable, ya que los pozos se han secado. Combinadas con la llegada del monzón, estas condiciones son una receta para brotes de enfermedades como el cólera y la diarrea acuosa aguda.

¿Cómo podemos adelantarnos a esta situación? ¿Podemos conseguir los recursos que necesitamos para adelantarnos a las próximas lluvias? ¿Cómo podemos ayudar a aliviar los temores de la gente y darles razones sólidas para la esperanza? Estas son las preguntas urgentes que planteé a las autoridades locales, los socios humanitarios, los colegas de la Cruz Roja y la Media Luna Roja y los donantes.

¿Qué estamos haciendo para ayudar?

La buena noticia es que a lo largo de mi viaje por Myanmar fui testigo de una respuesta humanitaria muy sólida en acción. A pesar de los retos, sus cimientos son sólidos.

En todas las comunidades que visité, la Cruz Roja de Myanmar, apoyada por la IFRC, trabajaba incansablemente para ayudar a quienes lo necesitaban. Sorprendentemente, tienen acceso al 80% de las zonas afectadas por el terremoto, con personal y voluntariado dedicados que distribuyen alimentos, agua y otros suministros.

Vi a la Cruz Roja de Myanmar dirigiendo clínicas de salud móviles, reparando puntos de agua y creando espacios acogedores donde la niñez podía sentir consuelo y alegría.

Vi cómo la Cruz Roja de Myanmar llegaba a cada persona, independientemente de su origen o credo. Visitamos iglesias, mezquitas y templos. Este apoyo inclusivo fomenta la cohesión social y, lo que es más importante, refuerza la resiliencia de la comunidad.

Fui testigo de la increíble generosidad de las personas voluntarias, muchas de ellas afectadas, que se movilizaron de inmediato y mantienen su compromiso.

Pero para que la esperanza se convierta en un cambio duradero, necesitamos más refugios, espacios seguros para mujeres y niñas y una mayor cobertura de salud. Esto significa un mejor acceso a los medicamentos esenciales y medidas más contundentes de prevención de enfermedades para las comunidades vulnerables.

Tenemos que mantener nuestra esencial asistencia en efectivo y aumentar la distribución de artículos domésticos esenciales.

Y tenemos que seguir reforzando nuestro enfoque integrado de protección: garantizar la dignidad en todas las respuestas, ofrecer servicios de protección a los grupos de riesgo y ampliar los mecanismos de información a quienes ayudamos.

Ahora que estoy de vuelta en Ginebra, no puedo dejar de pensar en las personas que conocí en las aldeas y campamentos de todo Myanmar. Todavía siento una mezcla de emociones. Después de todo, con la estación de los monzones acercándose rápidamente, el tiempo no está de nuestro lado.

Pero, en general, vuelvo de mi viaje esperanzado.

Si podemos reunir suficiente apoyo, la Cruz Roja de Myanmar y su voluntariado están más que preparados para continuar e incluso ampliar sus esfuerzos para prestar asistencia vital a sus comunidades. Aunque el margen de actuación es corto, el poder del esfuerzo colectivo es inmenso. Con solidaridad y apoyo oportuno, podemos ayudar a proteger vidas y restablecer la dignidad donde más se necesita.

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